Xalapa, Ver. 20de Abril2018
 
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ENTRE PARÉNTESIS / David Martín Del Campo
Gran jefe cara pálida
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Actualizado: 2017-06-20 A+  a-
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Alguien debía ganar. Unos llevaban pistolas de fulminantes y sombrero de “cowboy”, los otros arcos de juguete porque jugar a los indios y vaqueros no era más que un resabio de las expediciones de antaño, del Este al Oeste (en los Estados Unidos) y del Centro al Norte, en el caso de nuestro país.
Caras pálidas contra pieles rojas; a eso se reducía todo. La diferencia con los vecinos del norte fue una muy simple. Los colonos del norte venían a eso, a “colonizar” acompañados por sus familias, y su relación con los indios nativos era por lo común conflictiva. No se mezclaban con ellos y la estrategia para consolidar la nueva nación era despojarlos de sus territorios, desplazarlos hacia el poniente y aislarlos en “reservaciones”, si no aniquilarlos al estilo del general Custer.
Los conquistadores venidos de España, por el contrario, llegaban solos. Eran exclusivamente hombres (al principio) y parte de su aventura consistía en “hacerse de las naturales”, violarlas y, en todo caso, unirse en matrimonio o concubinato. Es decir, la gran diferencia con la colonización sajona de la América septentrional fue que acá sí se produjo el mestizaje.
Valga tan extenso exordio para comentar el informa del INEGI publicado días atrás. Basado en una dilatada encuesta, el instituto de las estadísticas llegó a la conclusión de que el racismo sigue imperando en la sociedad. Lo apuntó de otra manera, al anunciar que los mejores empleos del país son obtenidos por las personas de tez más clara, y los peor remunerados por los más morenos. La conclusión asegura que el 27 % de los puestos directivos del país son conseguidos por personas de “piel clara”, contra el 13 % de los que tienen la “piel oscura”.
El estudio, denominado Modulo de Movilidad Social Intergeneracional, estuvo basado en la “escala cromática” del proyecto sobre Etnicidad y Raza en América Latina, alentado por la Universidad de Princeton, en colaboración con el Conacyt y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). La investigación cifró once tonalidades de piel, yendo de la “A” (como la más oscura) a la “K” (la más clara), de modo que el encuestado apuntaba su propio matiz.
La conclusión es una: el racismo en México es una realidad inconfesa, heredada del modelo impuesto por la conquista, cuando la hispanidad pura y sus descendientes criollos acaparaban los puestos de poder, subyugando a los pobladores naturales (indios en su mayoría) y los mestizos y mulatos que iban resultando del derecho de pernada heredado de los tiempos feudales. Para mejor ilustrar esto, léase de nueva cuenta “Los bandidos de Río Frío”, de Manuel Payno, que es nuestro Tolstoi mexicano.
Para suavizar el tema se ideó hace tiempo ese concepto ecléctico denominado “raza de bronce”, que no es chía ni limonada. Agustín Lara, que gustaba de llamar a las cosas por su nombre, cantaba aquella estrofa doliente donde exaltaba “Canto a la raza, raza jarocha / raza de bronce, que el sol quemó”. Es decir, el vate de Tlacotalpan se asumía como adalid de esa raza “llena de amarguras” que nació valiente, “para sufrir todas sus desventuras”… entre otra la de no obtener los puestos directivos de las empresas y la burocracia nacional. Siempre ganan los vaqueros, ¿no se los decía?
La cuestión racial ha imperado desde siempre, y no sólo en la ideología del Reichstag. Los dominantes llaman a la suya “elegida por los dioses” pues las otras razas permanecen sometidas bajo el yugo que abarca todos los órdenes: político, social, laboral, estético y mediático. Revísese cualquier anuncio comercial, ¿quienes son los felices poseedores del auto último modelo o la casa con jardín? Los güeritos de siempre, ojos azules y rubicundos, cargando al perrito con pedigrí. ¿Y las familias mixtecas o mazahuas?, bien gracias, esperando al fotógrafo del Programa Nacional de Solidaridad.
No por nada el partido fundado por López Obrador lleva esa denominación y en sus proclamas electorales tanto gusta de referirse a la discriminación por el color de la piel. Morenita, después de todo, es la Virgen del Tepeyac (que a todos nos ampara), aunque la trajo de Extremadura Hernán Cortés, Gran Jefe Cara Pálida.

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