Xalapa, Ver. 20de Septiembre2017
 
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ENTRE PARÉNTESIS / David Martín Del Campo
Poli mira la piscina
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Actualizado: 2017-08-14 A+  a-
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Escogió Cuernavaca para vivir sus mejores días. Tenía 37 años cuando, tonteando por los alrededores de la ciudad de México (donde se había exiliado luego del golpe de estado contra el gobierno de Salvador Allende), descubrió que era el sitio ideal: barato, paradisiaco, podría tener una piscina en lugar de los estrechos balcones del DF. Y se quedó a vivir ahí en busca de las sombras que había trazado el legendario Geoffrey Firmin, protagonista de Bajo el volcán, la insuperable novela de Malcolm Lowry.
Así lo conocí durante un encuentro citado en la capital morelense. Poli estaba bronceado (como gringo desertor), llevaba camisa florida, sombrero panamá y se movía con la soltura de un oso abandonando la hibernación. Comenzaba a ser famoso, era “el otro” escritor chileno exiliado, porque el primero (en Berlín), era Antonio Skármeta.
El jueves pasado Poli expiró en el Hospital del Tórax aquejado de una neumonía que se complicó hasta lo último. Lo más curioso de todo es que Poli no murió, es decir, murió Enrique Délano Falcón, nacido en Madrid en 1936, porque “Poli” lo fue por culpa de Pablo Neruda, quien alguna vez mientras cargaba al bebé, le advirtió a su padre Luis Enrique: “Este niño tiene cuerpo de Polifemo… se debería llamar Polifemo”, y se le quedó el nombre.
Poli, como buen escritor de garra, hizo de todo. Recordaba cómo, en los muelles de San Francisco, trabajó durante algún tiempo ganándose el sustento como estibador. “Ahí aprendí dos cosas, a pelear mirando a los ojos de tu rival, y a beber sin precipitarte al mar”. Como su padre era escritor y diplomático, vivió su infancia en la ciudad de México, y recordaba cómo perdía y ganaba canicas jugando bajo los fresnos del Paseo de la Reforma, pues vivía en un edificio aledaño al cine Chapultepec, y de cuando en cuando llegaban hasta su recámara los parlamentos de Rita Hayworth y Robert Mitchum.
Su amigo del alma era Rafael Ramírez Heredia, quien le abría su casa de Coyoacán cada vez que retornaba a México, sabedores que les esperaban largas jornadas de tequila y whisky buscándole cosquillas a la luna. Las cantinas La Guadalupana, en Coyoacán, y La Ópera, en el centro histórico, eran sus favoritas. Como bebedores de aguante, no pocas veces retornaban a casa de madrugada ya, sin un centavo y conducidos por un santo policía entretenido por sus locuacidades.
Poli no fue necesariamente un escritor del exilio chileno. Desde 1960 se dio a conocer, principalmente, por sus libros de cuento y alguna que otra novela. Gente solitaria, Amaneció nublado y Cero a la izquierda, fueron sus primeras publicaciones. Fue presidente de la Sociedad de Escritores de Chile durante muchos años, y sobrevivía (como tantos) impartiendo cursos de cuento y narrativa. En México sus alumnos suman veintenas, pero el más devoto fue Leo Eduardo Mendoza.
La última vez que nos vimos fue en Santiago de Chile, donde sobrevivía tristeando luego de su enésimo divorcio. Poli era un hombre afable, bonachón, pero que no le picaran la cresta. Escribía artículos para la prensa, corregía pruebas editoriales, fue el traductor al castellano de todos los libros de Xaviera Hollander, la osada escritora que en los años setenta inauguró el testimonio sexual como deporte de moda. También escribía libros para niños y jóvenes, y podía jactarse de vivir ponderadamente de sus regalías.
Aquella vez en Santiago, luego de facilitarnos el pase a una clínica médica, recalamos en la sede de la sociedad de escritores, donde fuimos recibidos con una andanada de pisco-sours que, a lo macho, quisiera ya no recordar. Esa vez Poli se explayó. Contó cómo jamás podría escribir la novela que nos debía; es decir, la historia de Bárbara Délano, su hija desaparecida en un accidente de aviación frente a las costas peruanas. Algo de lo que nunca se pudo reponer.
Ahora sin Poli, nos quedan sus libros… Casi los ingleses de América (1990), El amor es un crimen (2005), y lo recordaremos como aquella primera vez en la terraza del hotel Los Papagayos; sentado en una tumbona, bebiéndose un martini, mirando el azul inconmensurable de la piscina.


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