Xalapa, Ver. 20de Abril2018
 
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ENTRE PARÉNTESIS / David Martín Del Campo
CABEZA DE RATÓN
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Actualizado: 2017-10-24 A+  a-
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Hay algo chocante en el reclamo soberanista catalán. Algo que suena más a arrogancia que a fervor patrio. ¿Zafarse de la humillación fascista que significa permanecer en el reino de España? Por Dios, ni que fueran la Hungría de 1956 cuando los tanques soviéticos. No, lo del señor Puidgemont y sus multitudes al 50 por ciento es, simplemente, complejo de superioridad. Megalomanía, narcisismo, soberbia que busca desligarse del ignominioso pasaporte que los señala como “españoles”. ¡Uf!, la náusea misma.
Más que cola de león –reza el adagio– vale cabeza de ratón. De ratoncito catalán, a mucha honra, con sus dos y medio millones de seguidores de bolsillo gritando en ese pellizco de territorio mediterráneo, “somos república, somos república y que muera el rey”.
Discreta, simultáneamente, se ha producido el XIX Congreso del Partido Comunista Chino. En el estrado, bajo un imponente escenario, el camarada Xi Jinping ha dicho que la nación asiática va bien. Que habrá que atender a los rincones de pobreza que aún persisten llevando a esos pobladores remisos a lugares donde sea más probable el desarrollo social. Y que no les van a preguntar. Ah, y que China –país continental que por cierto origina 30 de cada cien dólares de mercancías que circulan por el mundo– debe prepararse a mostrar su lugar hegemónico en el concierto de las naciones. Es decir, cola de león y cabeza. León y dragón.
Al parecer ahí surge el dilema que flota en la geopolítica mundial. Crecer o aislarse. Participar a lo grande en el horrible mestizaje del desarrollo compartido, o aislarse en la pureza mezquina del nacionalismo… porque el mundo allende las fronteras se ha puesto feo, ruin y gandul. Brexit, el muro de Trump, la republiquita de Puidgemont porque la culpa de todo la tienen los de afuera… esos rufianes españoles que nos roban, esos mexicanos violadores que nos quitan los trabajos, esos moros que quieren importar la yihad a la isla británica. ¡Vade, retro!
Yo y mi ombligo que te damos la espalda, repugnante forastero, porque de lo que se trata es de ser feliz mirándome en el espejo del ostracismo. Por cierto que en esa cuestión radica la maldición que pesa sobre nuestra conciencia nacional. ¿Por qué perdimos los pródigos territorios del norte cuando la guerra de diez años contra los voraces yanquis? Porque los mexicanos de aquel siglo (como los de ahora) carecíamos de espíritu de conquista. Es decir, exploración, colonización y desarrollo.
Recuérdese cómo, despertando en la independencia, preferimos obsesionarnos en las intrigas del ombligo centralista, al abandonar las posibilidades de expansión económica hacia Tejas, Nuevo México y la Alta California. Esos territorios que –lo hemos estudiado hasta el cansancio­– perdimos en la campaña de invasión (1836-1848) que los yanquis montaron a partir de la tesis del Destino Manifiesto de extenderse por todo el continente, “como designio de la Providencia”.
No muy distinto fue el origen de la segunda guerra mundial, cuando la Alemania nazi, que ya había aplicado el “ensanche” (Anschluss) sobre la vecina Austria, decidió la conquista del “espacio vital” (Lebensraum) hacia los territorios eslavos, bajo el principio de que el país necesitaba de ese ámbito para el desarrollo de la nueva nación alemana; el famoso Tercer Reich.
De modo que los secesionistas catalanes quieren su discreta República (que proclamarán en cosa de días) mientras Xi Jinping advierte que la nueva China, humillada por Occidente durante un siglo, buscará el progreso en todos los órdenes. “La apertura trae progreso para nosotros mismos, el aislamiento no es otra cosa que rezago”, aseguró la semana pasada Xi, al advertir que su país no cerrará sus puertas al mundo, “sino que la nación será cada vez más abierta”.
Así las cosas, los ratones cabezones y los tigres mochos se pasean por el mundo. Crecer o encogerse, por lo visto, es la nueva cuita del príncipe de Dinamarca. “Ser o no ser”, abrir o cerrar puertas, derruir o alzar muros. Ahí está la cosa.

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