Sergio González Levet
(Este texto está sustentado, como es evidente, en el poema “Los amorosos” de Jaime Sabines, que contiene tal vez los versos más citados de la literatura mexicana. Lo tomo sin el permiso y con el perdón del maestro chiapaneco, allá a donde se fue el 19 de marzo de 1999, llevado de la mano de un cáncer que nos dejó sin uno de los poetas más grandes de México).
Los morenazos callan.
El error es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los morenazos buscan,
los morenazos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los morenazos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al país.
Les preocupa el presupuesto. Los morenazos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El poder es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los morenazos son los insaciables,
los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.
Los morenazos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los morenazos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los morenazos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los morenazos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.
Los morenazos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del poder.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los morenazos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a simpatizantes que duermen con la mano en el apoyo,
complacidos,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los morenazos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.
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