Sergio Gonzalez Levet
Mire usted, viable lectora; atienda usted, inviable lector: en estos días de cuarentena corona-obligada, uno de los problemas para los que nos metimos en el brete de querer ser comunicadores como forma y medio de vida, es que resulta cada vez más difícil encontrar un tema para escribir.
Eso de que no tenían de qué hablar le sucedía en los tiempos normales de la historia moderna -esos que terminaron este año cuando nos cayó la amenaza mundial e implacable del Covid-19- le sucedía a los periodistas que se enclaustraban en sus casas (o en alguna cantina a modo) y dejaban así de participar en la realidad y en la interacción con sus semejantes.
Pero hoy lo que ha pasado es que la realidad es la que está encerrada a piedra y lodo, y por más que salgamos a ver qué sucede nos encontramos con puros lugares vacíos, ciudades desoladas, en las que sólo quedan como remanente los “ruidos en la calle de tus pasos”.
Qué hacer si nuestro mundo se circunscribe a las cuatro (o tres en casos) paredes de la casa en la que no pasa nada, y eso sucede todos los días, repetidamente moroso hasta el infinito.
De qué escribir si está uno encuevado en resguardo del contagio y la enfermedad mortal asesina, y con nosotros el mundo hace lo mismo, así que nos hemos auto-condenado a hablar, como los hipocondriacos, solamente de nuestros síntomas o de la falta de ellos, gracias a dios.
Y así no nos queda más que el remedio supuesto de acudir a otros que han tenido más imaginación y un mundo más a modo para desarrollarla, como Ambrose Bierce, un escritor que conocí gracias a las traducciones de mi maestro Jorge Ruffinelli, cuando era feliz y medio ignorante (como creo que lo sigo siendo)
Este Bierce fue un escritor y periodista norteamericano de fines del siglo XIX y principios del XX, que terminó su agitada vida perdido en el fragor de la Revolución Mexicana, a donde se adentró con la intención de hacer reportajes y ver “qué tan buen tino tienen esos mexicanos con las armas”.
Tomen hoy por receta esta recomendación literaria, sin que el final les despierte suspicacias de ninguna clase, por favor.
El asaltante de caminos y el viajero
Un asaltante de caminos le cortó el paso a un Viajero y le gritó, apuntándole con un arma de fuego:
—¡La bolsa o la vida!
—Según usted, —dijo el Viajero— mi dinero salvará mi vida o mi vida salvará mi dinero. Tomará una de las dos cosas, pero no ambas. Le ruego entonces que tome mi vida.
—No puede salvar su dinero renunciando a su vida —exclamó el ladrón.
—Tómela de cualquier modo, porque si no sirve para salvar mi dinero, no sirve para nada—respondió el Viajero.
Fascinado por ese razonamiento, el ladrón le perdonó la vida, se hicieron socios… y con la bolsa fundaron un periódico.
¡Justicia para María Elena Ferral!
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