19 de Marzo de 2026
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SIN TACTO - Sergio González Levet
Manuel Antonio Santiago, poeta/2
2020-06-13 - 10:45


Sergio González Levet


 


Dije en este espacio muchas cosas buenas sobre Manuel Antonio Santiago, pero me quedo corto siempre ante la fuerza de su calidad poética. No quiero ocupar más espacio en elogios predecibles, y por eso prefiero optar por el silencio y dejar mejor que hable el creador, con sus poemas.


 


Aquí debe estar una página en blanco


 


Nunca se escribió.


 


Este poema llegó solo


una noche de lluvia,


como ave del desamparo.


 


Entró a mi corazón


con palabras incomprensibles.


 


Cruzó por mi sangre


con prisa de relámpago.


 


Averió mis sentidos.


Deshizo mi memoria.


 


Partió mi pecho


en profunda hendidura


y -esquivo- en la penumbra de la madrugada


se fue pensando en ti.


 


Éste poema nunca se escribió.


 


Aquí


sólo debe estar una página en blanco.


 


El fruto podrido


 


Nos hemos vuelto viejos.


Las horas volaron inesperadamente.


El tiempo como un leve soplo escapó en nuestras manos.


Pasó todo tan de repente


que cuando nos dimos cuenta:


El futuro


 


-que colgaba de la rama más alta


de un robusto árbol frondoso,


de fresca sombra,


cargado de pájaros-


 


se nos convirtió en un fruto


que vimos crecer entre el ardiente verdor del follaje de los días


que procuramos resguardar del cambiante rumbo de las estaciones


que con codicia fuimos dejando madurar


 


y cuando quisimos cortarlo


el futuro


ya estaba podrido.


 


Las bugambilias rojas


 


A media vereda,


donde los ramajes se cierran.


 


De la encalada muralla,


del largo muro blanco,


 


brota un incontrolable


borbotón de flores,


 


que sin mesura mana


y escurre hacia las piedras:


 


son pétalos de sangre.


 


En la arena


 


     El desapercibido hurgar del viento, la parda pesadumbre de los pelícanos, un ejército de temerosos cangrejos azules escarbando húmedas guaridas; las oxidadas ruedas de la carretilla del anciano vendedor de cocos, las huellas de los pálidos bañistas amanecidos que ebrios cantan, el balón de fútbol que ara un recto surco hacia la alegría de los niños que corren descalzos; las finas huellas diminutas de extraviadas gaviotas, una jauría de canes persiguiendo a una hirviente perra temblorosa, los cascos de una manada de errabundos caballos grises; los pies heridos de los pescadores que regresan a Tierra y que arrastran entre sus redes peces asfixiados, vivas caracolas y marinas estrellas; el inesperado reflujo de las olas, las saladas espumas blanquecinas; todos ellos, lentamente, sin que nadie lo note, van borrando: Nuestros nombres, el corazón partido, la cruenta flecha traspasando el rojo vacío y la gota de sangre, que dibujamos en la arena.


 


sglevet@gmail.com


 


 

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