Sergio González Levet
El martes 2 de febrero se pudieron ver en la ciudad una gran cantidad de colas. Eran de dos tipos: unas para comprar los tamales de la Virgen de la Candelaria, y las otras de sufridos clientes que trataban de ingresar a bancos para hacer diversos movimientos.
Las primeras eran de esperarse. La acendrada tradición religiosa y gastronómica del pueblo mexicano pudo más que el recogimiento por la pandemia, y la gente salió a comprar, a llevar y a consumir los tamales de rigor en ese día con el que concluye oficialmente el calendario ampliado de las fiestas findeañeras, que sería algo así como el puente Revolución Candelaria (del 20 de noviembre al 2 de febrero, ¡ajúa!).
Pero las segundas colas no debieron haberse producido y no deberían existir. Resulta que el lunes 1º de febrero fue día feriado a causa del 5 de febrero, día de la Constitución, en los revuelos que llevan haciendo desde hace varios años con el cambio de fecha, supuestamente para evitar los puentes que hacían burócratas y maestros cuando se atravesaba una conmemoración nacional en martes o jueves, y entonces se tomaban graciosamente el día que quedaba en medio.
Pues la cosa es que el lunes los bancos cerraron, y era día primero de mes. Así que el martes mucha gente se arremolinó en las sucursales para hacer pagos o retiros con motivo del inicio de mes., y a eso agregue la cantidad de persona que acuden al banco a cobrar su quincena o las “aportaciones” que les da el Gobierno de la Cuarta Transformación o la pensión que reciben los jubilados… una multitud que se asobronó ese martes desde muy temprano en las sucursales bancarias.
Pero como la pandemia obliga a protocolos de prevención muy estrictos, las oficinas bancarias solamente pueden recibir a cinco o 10 personas a la vez, de acuerdo con su tamaño. Eso ocasiona una tardanza mayor a la usual, y por eso se vieron filas de hasta 50 metros afuera de los bancos ese martes de la Candelaria.
Parece que no prever las contingencias se ha vuelto un mal endémico (¿o pandémico?) en México. Ya ve usted que la página de la Secretaría de Salud federal se cayó porque no pudo soportar el número de ancianos que pretendieron registrarse para ser vacunados, como se les invitó profusamente en los medios de comunicación y a través de las redes sociales.
Pues así los bancos de México (que más bien son de España, de las islas británicas, de Estados Unidos y de Jorge Hank Rhon) han podido prever que en ciertas fechas tendrán una demanda mayor de sus servicios, y tomar medidas para agilizar el paso por sus cajeros.
Pero no lo hacen, porque eso cuesta dinero, y la idea bancaria en nuestro país es exprimir al máximo a los cuentahabientes con comisiones estrambóticas y un pésimo servicio debido a la falta de personal.
Los ancianos que tuvieron que hacer filas de pie de hora y media, las señoras entaconadas que sufrieron las de Caín con sus juanetes y muchos ciudadanos que perdieron el día haciendo cola se preguntan quién podrá poner orden en la atención de los bancos.
Y no se ve por dónde.
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