Sergio González Levet
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Un equipo de veterinarios australianos -la mayoría discípulos del doctor Peter Charles Doherty, sin duda el doctor más reconocido en su país y el mundo, porque ganó en 1996 nada más y nada menos que el Premio Nobel de Medicina gracias a sus estudios en fisiología animal- realizó durante muchos meses y con cerca de 200 perros una investigación que descubrió lo altamente dañino que resulta para los canes vivir en las cocheras de las casas, como es costumbre en muchos lugares del mundo, y en especial en varias ciudades veracruzanas.
Usted va caminando tranquilamente por la calle y de repente aparece, como un demonio que echa fuego, detrás de las rejas insospechadas de un garaje, un perro que trata de meter sus fauces entre los barrotes para hacernos el mayor daño posible. Como pocas veces lo consiguen, se contentan con ladrar descomunalmente y espantar con sus ladridos al pobre transeúnte que atinó a asar por ese sitio diabólico.
De acuerdo con la investigación australiana, los perros encocherados se ponen muy furiosos porque los obligan a permanecer en un ambiente hostil, reducido, maloliente y en un espacio que es constantemente invadido (según su territorialidad) por extraños, a los que considera de inmediato como enemigos mortales.
La doctora Helen Scott-Orr, paisana igualmente y amiga cercana del veterinario que recibió el Nobel, explica que la costumbre de dejar a los perros en la cochera es fuente de depresión para los animales, pues sienten que viven en un mundo totalmente adverso a sus costumbres. En los garajes, dice la eminente investigadora, los canes no pueden correr velozmente como es su regocijo, y además se ven obligados a hacer sus necesidades ahí mismo y a soportar los fétidos olores que producen sus mismas heces y su orina.
Se ha legado a documentar el caso de perros de mediana edad que prácticamente han muerto de tristeza porque no soportan vivir en esos lugarejos.
Otra forma de muerte perruna en esos lugares es por envenenamiento debido a los gases que despiden los vehículos, que como son más pesados que el aire, se mantienen en el piso de la cochera por un tiempo bastante largo y llegan a ocasionar enfermedades respiratorias, que terminan por destruir los pulmones de los perros y terminan su pobre vida asfixiados, sin que haya para ellos un tanque de oxígeno que les sirva de paliativo para el infierno de no poder respirar.
Otro problema grave para el vecindario es el ruido y el olor nauseabundo que provocan los perros encerrados. Y más si atendemos a la costumbre que tienen muchos propietarios de sacar los desechos a la calle con una escoba o a manguerazos, y esos basurales se convierten también en fuente de infecciones por las bacterias y virus que se cocinan en esas ollas fétidas tiradas en la calle, que es de todos, o debería serlo.
Los veterinarios australes recomiendan a quienes tiene sus perros en esas condicione que los retiren de inmediato, antes de que se peguen un tiro o se cuelguen (los animalitos, obviamente).
Queda dicho.
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