Sergio González Levet
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Hace unos días estaba parado en la Avenida Díaz Mirón del Puerto, a la altura del Hospital Regional del ISSSTE, esperando un camión urbano -de ésos que nunca pasan- para que me llevara hasta el centro.
En el lugar no había sombra y el calor de mediodía estaba haciendo estragos sobre la hidratación de mi organismo.
Pasaron varios minutos, y nada. Media hora se cumplió y el autobús no pasaba.
Ustedes conocen la desesperación de esperar y desesperar por un transporte público en cualquier ciudad del estado.
Pues en esa calamidad estaba cuando un taxi se detuvo frente a mí. Llevaba dos pasajeros y el conductor me dijo que me dejaría hasta el Zócalo por 10 pesos, que es lo que cobraba a cada persona que se subía.
En la siguiente parada consiguió un pasajero más, y completó 40 pesos por la dejada (sin embargo, una cuadra más adelante se bajaron dos pasajeros y subió a otros tantos, con lo que ajustó 60 pesos por el periplo).
Este taxista resolvió sin saber dos problemas a un tiempo: uno, el de la falta de clientes que puedan pagar una dejada completa en estos tiempos difíciles, y dos, el de las largas esperas por la ausencia de autobuses que cubran con mayor celeridad las rutas.
Seguramente, el imaginativo chofer se arriesga a que lo infraccionen por subir pasaje de esa manera, pero las autoridades viales podrían aprovechar la buena idea y proponer esta útil estrategia para que la gente de a pie se pueda mover más rápido.
Los pasajeros pagarían un poco más, pero ganarían tiempo y dejarían de sufrir el calamitoso calor porteño.
Es una medida de ganar-ganar-ganar, porque resultarían beneficiados los taxistas y los ciudadanos que no tienen coche propio, y la autoridad quedaría bien al dar una solución a un problema de tantos que nos aquejan.
Muchas veces, los remedios a los grandes males requieren más de inteligencia que de presupuesto.
No sé si este caso le toque al Ayuntamiento o a la oficina de Transporte Público del Estado, pero a cualquiera que se le ocurra autorizar taxis colectivos (como los peseros que había hace años en la Ciudad de México) recibirá un aplauso del público usuario, del pueblo bueno y honrado.
Y así hay muchos temas y pendientes que podrían tener soluciones simples que parecen mágicas.
Sólo es cosa de empezar a buscarlas, como le hizo el amigo taxista.
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