Sergio González Levet
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Cualquier mexicano con un barniz de cultura -que no es cualquiera- y hasta muchos que no, saben de qué se habla cuando alguien menciona El Quijote o a mi ancestro don Miguel de Cervantes y Saavedra (mi abuela paterna, doña Julia Cervantes Saavedra -ya sus apellidos sin preposiciones ni conjunciones-, nacida en Perote, venía posiblemente de ese linaje, con conexiones perdidas en el tiempo y las distancias entre España y México. Vaya usted a saber).
Pero sí muchos conocen de oídas la famosa novela, llamada El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Y muchos probablemente se saben o reconocen el inicio de la primera novela de la literatura española y tal vez de la literatura toda:
"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor."
Es la novela más importante y la más famosa de la historia del mundo... ¡pero es también la menos leída!
Son contadas las personas que han completado la lectura de las dos partes, la de 1605 y la de 1615 que tuvo que escribir don Miguel porque un tal licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, ya le había escrito en 1614 una segunda apócrifa, a la vista del éxito que había tenido el primer tomo.
Y no debiera ser que casi nadie la lea, porque contra lo que muchos pueden pensar, El Quijote es una novela con mucho humor y sobre todo mucha filosofía popular.
Vea usted nomás, acuciosa lectora, lea usted con detenimiento, cándido lector, este fragmento:
Mira que el que busca lo imposible, es justo que lo posible se le niegue, como lo dijo mejor un poeta, diciendo:
Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
con el cielo ha estatuido
que, pues lo imposible pido,
lo posible aun no me den.
Yo hoy como consejo de fin de semana le recomiendo a usted que se atreva y se asome en las páginas del libro fundador de nuestra narrativa.
En una de ésas, se pega la gran divertida.
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