Sergio González Levet
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Es famosa y eterna la frase de Martin Luther King:
“No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos.”
Esa verdad de a kilo me viene como anillo al dedo para bordar sobre un tema que atañe a muchos de los fieles seguidores de Andrés Manuel López Obrador.
Es sabido que muchos de ellos son verdaderos pillos, como Manuel Bartlett -conservador, reaccionario, oligarca, corrupto, para usar adjetivos propios del Presidente-, o Félix Salgado Macedonio -acosador reconocido-, o la ministra Yasmín Esquivel Mossa -plagiaria y cínica-.
Pero también es cierto que en las filas de la Cuarta Transformación permanecen aún personas que en su historia han sido luchadores sociales, analistas y estudiosos reconocidos, intelectuales inorgánicos (los “orgánicos”, los pensadores críticos e independientes, los realmente libres, son los que sufren el anatema cotidiano del Patriarca desde su Mañanera).
Ésos tienen una casi impecable hoja de servicios y una vida llena de acciones en favor del pueblo, de la gente común, de los jodidos, y ésos son los que preocupan a quienes ven ahí sí que su transformación, porque de ser mujeres y hombres que siempre se manifestaron en contra de las veleidades del poder, de las injusticias de los mandatarios, de las corruptelas del grupúsculo en el Gobierno, ahora han sido cooptados, convencidos por la magia estentórea de AMLO, convertidos en borregos acríticos.
Me duele ver a académicos serios, a miembros prominentes de la izquierda histórica, a los que habían sido en su vida incorruptibles ante los devaneos de los poderosos ahora transformados (vuelvo a usar el término con toda intención) en propagandistas del régimen, en mentes sumisas que solamente repiten las palabras llenas de sonido y furia de su descompuesto Manumisor.
Trate usted de razonar con ellos sobre cualquier falla o defecto de su Mesías tropical y solamente encontrará como respuesta el insulto, la diatriba, el engaño (“no mentir, no robar, no traicionar al pueblo”). Casi todos están trepados en el discurso taimado y tabasqueño de Andrés Manuel, y como él no aceptan ningún asomo de duda sobre su prístina honestidad autodefinida y autoatribuida (“Yo soy honesto, y como soy honesto, las deshonestidades que cometa no son tales, sino una manifestación de mi pureza mística”, dice el Redentor).
Me preocupa, como a muchos, que esos que eran considerados los buenos, ahora guarden silencios cómplices y hayan caído en la trampa de querer convencer con argumentos falaces, con verdades a medias, con triquiñuelas de la razón… con mentiras.
Ay, don Martin Luther, qué pensará desde su tumba sobre esos supuestos redentores, y sobre este pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de la 4T.
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