Sergio González Levet
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Decía ayer que la Real Academia Española de la Lengua, fundada en 1713 por el marqués de Villena, ha hecho mucho y poco por el idioma.
Mucho, porque ha conseguido parcialmente que nuestra grafía se vaya adaptando a las nuevas formas dialectales, y por eso las letras se ajustan mayoritariamente a los sonidos (fonemas). Poco, porque sus académicos trabajan escasas horas y menos días de la semana, y sus productos salen siempre a destiempo, así que las ediciones del Diccionario y de la Gramática nunca han podido concluirse como se debe.
En los años 70 del siglo pasado, la RAE terminó por aceptar que no iba a acabar nunca su gramática y por eso presentó mejor su Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, “que significaba un intento de renovación a la luz de algunos desarrollos de la lingüística estructural. Presentado como el avance provisional de una nueva gramática académica, no fue ulteriormente desarrollado”, aceptan los académicos.
Después de ese ridículo “Esbozo”, en 1994 el académico Emilio Alarcos Llorach presentó la Gramática española, con una visión estructuralista que no fue muy bien vista por sus colegas reaccionarios y conservadores (¿dónde he oído esos adjetivos?).
Pues la RAE es así. En 1998, durante un encuentro de las academias correspondientes de España y América, que se realizó en nuestra Puebla, llegaron al acuerdo de avanzar por fin en la redacción de una gramática completa.
Y vean lo que hicieron: “En 2009 aparecieron los primeros dos volúmenes (dedicados a la morfología y sintaxis) bajo la editorial Espasa. A estos les siguieron dos versiones abreviadas: el Manual de la NGLE (2010) y la Nueva gramática básica de la lengua española (2011), esta última enfocada a un público general.? En 2013 apareció el volumen final dedicado a la fonética y fonología.”
Así son los académicos, y por eso no terminan nunca de acordar reglas específicas y terminantes. Busque usted en el diccionario de la Academia alguna palabra sobre la que tenga duda si se escribe de una manera u otra, y se dará cuenta de que pululan las respuestas del tipo: son válidas las dos formas. Y los consultantes nos quedamos en las mismas.
Es como cuando una hija le pregunta al padre si puede ir en la noche al antro y el progenitor le contesta: “Puedes ir o no”. Seguro que la niña hará su regalada gana.
Pues eso resulta con “sólo” y “solo”. La regla de la RAE es que se puede poner o no poner el acento diacrítico, a criterio del que escribe. ¡O sea que no hay regla!
Por esa actitud de no comprometerse con órdenes específicas, es que la gente que sabe escribir termina por no pelar a la Academia.
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