Sergio González Levet
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No se puede salir a la calle sin el peligro para cualquier persona de que caiga en medio de una pelea entre narcotraficantes o de que sea asaltada o levantada o secuestrada o asesinada. La violencia que tiene asolada a la República y a los habitantes del Estado de Veracruz ha llevado a que los pobladores de este hermoso país vivamos sumidos en el temor. El miedo se ha convertido en un acompañante “siempre a su dueño fiel, pero importuno” (Miguel Hernández, 1910-1942). Con él salimos y con él entramos, con él comemos y con él dormimos, con él odiamos y con él amamos...
Y el miedo se torna en consternación cuando asistimos a noticias como la golpiza que recibió un joven quinceañero en San Luis Potosí a manos de un desquiciado, experto en artes marciales. Y se convierte en desolación al enterarnos a través de un video en vivo y en directo del asesinato a puñaladas de Milagros en León, Guanajuato (donde, en efecto, la vida no vale nada, como cantó José Alfredo). Y se vuelve un abatimiento cuando informan que en Poza Rica, en nuestra tierra veracruzana, elementos de la Fiscalía encontraron los cuerpos sin vida de 13 personas (según la fiscal del estado, Verónica Hernández Giadans) o de 34 (según una cifra no oficial que perdura en los despachos noticiosos), y que varios de ellos habían sido desmembrados y estaban metidos en congeladores y hieleras para conservarlos, a saber con qué fines.
Pero el miedo y la consternación y la desolación y el abatimiento se convierten de plano en terror cuando nos damos cuenta que cada día tomamos con mayor normalidad la muerte violenta de una o de muchas personas; cuando los veracruzanos nos indignamos, ciertamente, pero no al grado que debiéramos hacerlo ante el hecho no inédito de que otra vez fueron hallados más de 30 cadáveres de hombres y mujeres que tenían una vida y tal vez una familia: madre y padre, esposa, hijos, amigos y una casa en donde vivían y se alegraban los fines de semana, o salían a comer o a tomar, a divertirse no sé qué tan sanamente.
Da terror que empecemos a ver normal que sucedan estas cosas en nuestro propio mundo, tan cerca de nosotros que en una de ésas nos toca ser partícipes o protagonistas o hacer el papel de muertos en un drama en el que nunca quisiéramos haber actuado.
No tendremos remedio como sociedad si terminamos por normalizar los crímenes de odio, los espectáculos dantescos de cadáveres regados; si se nos vuelve parte de la vida la pérdida de tantas de ellas por los medios más horrendos posibles. Aunque morir nunca es grato, siempre puede haber una forma más apacible de transitar hacia el otro plano.
No dejemos de espantarnos, no dejemos de sublevarnos ante la violencia incontenida, que crece día a día. No sucumbamos al encanto de lo horroroso.
Nos va en ello la vida.
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