Alfredo Bielma Villanueva
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En este muy sui generis proceso electoral hemos podido observar las complicaciones que enfrentan las dirigencias de partidos políticos para decidir sus correspondientes candidaturas a los cargos de elección popular en juego, también, por las circunstancias aledañas podemos advertir que escoger una candidatura se complica sustantivamente cuando la decisión depende no de una dirigencia partidista sino de tres. A la vez, ha sido posible comprobar, una vez más, que la unidad de mando es premisa fundamental para acceder a mejores resultados sin provocar escisiones ni rupturas inconvenientes, así lo hacia el PRI hegemónico, así lo está haciendo Morena donde la voluntad soberana de un solo hombre es acatada por los dos partidos que lo han venido acompañando en competencias electorales desde 2018, por ese mecanismo se han ahorrado tiempo y discordias, porque la vieja usanza priista ahora reeditada sigue dando resultados. Esto último explica el por qué la coalición partidista (PT y Verde), encabezada por Morena, va a la vanguardia en cuanto a candidaturas. Ese fenómeno no se replica en la Alianza va por México porque en ella participan el PRI, el PAN y el PRD, una trilogía partidista en la cual cada organización política tiene historias e ideologías diferentes, no solo intereses políticos que defender.
Esa circunstancia ha complicado severamente las decisiones internas en cada partido de la Alianza Va por México, y por ende retrasa las candidaturas que deben presentar en común. Por razones de todos conocidas, el PRD, por las malas condiciones en que lo dejó la sangría provocada por Morena al succionarle sus cuadros más distinguidos, presenta menos resistencia en la selección de candidaturas, no sucede así entre el PAN y el PRI, dos partidos históricamente antagónicos a los cuales las circunstancias obligan hoy por hoy a competir coaligados. Pero el que más resiente esa circunstancia es el PRI, que ya sin la rectoría de una jefatura superior, como lo era el presidente de la república, está sometido a las veleidades de sus cuadros relevantes que se sienten con derecho prioritario para concretar sus aspiraciones, de otra manera renuncian; no por dignidad política, por supuesto, sino porque olfatean debilidad y presionan, y a la par otean alternativas que les favorezcan: incorporarse a Morena, o a algunos de sus partidos satélites, o a Movimiento Ciudadano, que está ávido de trapecistas con trayectoria y experiencia. Es posible demostrarlo con las renuncias más recientes de Alejandro Murat (a quien nadie “pela” en el PRI debido a su “capacidad” negociadora con Morena, y de Adrián Rubalcaba, alcalde de Cuajimalpa, quien al no ser elegido como candidato al gobierno de la CDMX decidió renunciar al PRI. Pero nada para extrañarse en el PRI, esa veta inagotable de cuadros emigrados hacia el PAN, al PRD, a Morena, a MC, al Verde Ecologista, etc. ¿Veremos ese fenómeno en Veracruz? Quien lo adivine que tire la primera piedra, pero Xóchitl ya dio color en Orizaba.
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