Alfredo Bielma Villanueva
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Para su mejor desempeño todo animal político debe llevar inherente una capacidad histriónica equivalente al caparazón de una tortuga, de otra manera actuará en desventaja entre sus congéneres. Así pareciera ser la condición de quienes dedican sus esfuerzos a militar en la política, o la politiquería, una variante degenerada de aquella, en la cual es usual acudir a procedimientos ajenos a las reglas de urbanidad política, si estas existieran. Pero, de cualquier manera, giste o no, debemos admitir que en la conducta del político el recurso de la mentira es lugar común, al menos en la política a la mexicana en la que se utiliza como herramienta de uso diario. En el país y en nuestra entidad veracruzana podemos encontrar multiplicidad de casos que ejemplifican meridianamente el uso de la mentira como método de convencimiento o forma de salir del paso, o peor, para engañar en conciencia a quienes le depositan su confianza. Algunos casos son de proverbial desparpajo por el sin recato al aludir a situaciones inexistentes. Obviamente, para que se produzca la mentira debe contarse con la complicidad o ingenuidad del destinatario: la conciencia colectiva cuya condición altamente porosa permite ser horadada con bastante facilidad, y su “disco duro” no alcanza a guardar consistentemente la información que cotidianamente le llega, por ese motivo mañana olvidará el acontecimiento o dicho de hoy.
Un caso paradigmático lo encontramos en las mañaneras, donde se han expresado cientos de mentiras como lo registran las métricas especializadas en el tema. Para no ir más lejos, en los últimos meses y semanas hemos escuchamos de Samuel García una extensa sarta de mentiras, desde su categórica afirmación de haber realizado en dos años lo que gobiernos anteriores no han hecho, hasta supuestamente haber resuelto el problema hídrico en la capital neoleonesa. Escuchar a Samuel García con una seguridad asombrosa decir que posee una carta de sus opositores pidiéndole diversas canonjías sin presentar la prueba correspondiente ya no asombra porque esa actitud forma parte de nuestro costumbrismo político: “hace como que engaña y hacemos que le creemos”. En nuestra aldea jarocha tuvimos un caso de antonomasia en el lenguaje hiperbólico de Fidel Herrera, quien a dos años de iniciado su periodo de gobierno aseguraba haber realizado lo programado a seis años; ¿en cuántas ocasiones aseguró que la deuda pública ya estaba saldada? Finalmente ¿cuántos puentes construyó? ¿los mil 300 de que alardeaba? ¿cuántos tractores entregó? ¿10 mil? También Duarte de Ochoa (un aventajado discípulo de su mentor, Fidel, aunque sin la astucia ni habilidades de este), quien antes de emprender la graciosa huida fue a televisa a asegurar que no se iría del país porque nada irregular había cometido, además de informar al pueblo de Veracruz que se había avanzado como nunca. Tampoco escapa a ese síndrome el actual gobierno estatal, como lo comprueba cuando insiste en una sensible reducción de feminicidios, de la extorsión, de la pobreza, de avances en la infraestructura carretera, etc., sin que haya correspondencia alguna con nuestra realidad. Si todo esto forma parte de la política entonces “tenemos un problema Houston”.
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