Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona
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Ayer y hoy, los agricultores y ganaderos catalanes se están manifestando para reclamar acciones inmediatas para salvar el sector primario; y, claro, ahora, todos los medios de comunicación se dedican a hablar del tema, que siempre han tenido olvidado. Y nosotros, particularmente, hacemos lo mismo, como explico seguidamente.
Esta es una muestra más de que somos meras veletas, inconstantes y mudables, que nos movemos (mejor dicho, nos mueven) hacia cualquier lugar, dependiendo de como sopla el viento, es decir, no tenemos rumbo fijo ni un camino determinado.
Somos complejos, así, podemos empatizar con los agricultores y campesinos, parcialmente comprendemos sus problemas, pero, a la hora de la verdad, no queremos que nos ocasionen molestias, queremos poder circular a nuestro ritmo y, claro, al ir a los supermercados, queremos comprar los productos más baratos (*), prescindiendo de mirar su origen; estamos a favor de consumir de kilómetro cero, pero, a la vez, queremos comprar frutas exóticas, y frutas de fuera de la temporada local, aunque tengan que traerlas desde las antípodas.
(*) es evidente que muchas personas lo hacen por necesidad, por supervivencia; pero no es el caso al que me refiero en este escrito
Está claro que no tenemos una brújula que nos marque el camino, de acuerdo con la rosa de los vientos (un símbolo circular que muestra la orientación de los puntos cardinales; invento atribuido a Raymundus Lullus, Ramón Llull, 1232 - 1316); y así, es evidente que no podemos pilotar nada; por más que, ilusamente, nos consideremos autónomos y libres.
Pero la realidad es que siempre estamos regidos y gobernados por los poderosos, que imponen su relato patriarcal en la historia, como sabemos.
Un excelente ejemplo lo tenemos con la figura del matemático Pitágoras. Todos conocemos su famoso teorema, pero nada más. Desconocemos, por lo general, su vida, su compañera y su final.
Estos días, leyendo ‘Una historia compartida: con ellos, sin ellos, por ellos, frente a ellos’ (Plaza&Janés, 2023) de Julia Navarro, he podido conocer que Pithagoras (Pitágoras, 586 a.C. – aprox. 490 a.C.):
Con esta historia quiero mostrar que, por lo general, conocemos muy poco y encima, con una información muy sesgada. Y aún así, nos sentimos satisfechos.
E igual nos pasa con el campo, pues mayoritariamente, los urbanitas nos conformamos con una visión lúdica, estética, vacacional, es decir, de foto; sin profundizar en la cruda realidad.
Pero claro, así como en las crisis económicas, todos los tertulianos se consideraban expertos en economía; en la pandemia, expertos virólogos; ahora todos hablan sentando cátedra como si fueran expertos en agricultura, veterinaria y en economía agraria y ganadera.
Y esa superficialidad es debida a que hemos asumido el papel de mera veleta, eso sí, unas veletas sofisticadas, con brujas o gallos, por eso me parece ilustrativo reproducir el siguiente cuento de Hans Christian Andersen (1805 – 1875):
‘El gallo de corral y la veleta
Había una vez dos gallos, uno en el corral y el otro en la cima del tejado, los dos muy arrogantes y orgullosos.
El corral estaba separado de otro por una valla. En el segundo había el estercolero, y en éste crecía un gran pepino, consciente de su condición de hijo del estiércol.
‘Cada uno tiene su sitio’ se decía para sus adentros. No a todo el mundo le es concedido nacer pepino, forzoso es que haya otros seres vivos. Los pollos, los gansos y todo el ganado del corral vecino son también criaturas. Levanto ahora la mirada al gallo que se ha posado sobre el borde de la valla, y veo que tiene una significación muy distinta del de la veleta, tan encumbrado, pero que, en cambio, no puede gritar, y no digamos ya cantar. No tiene gallinas ni polluelos, sólo piensa en sí y cría herrumbre. El gallo del corral, ¡ése si es un gallo! Miradlo cuando anda, ¡qué garbo! Escuchadlo cuando canta, ¡deliciosa música!, dondequiera que esté, se oye, ¡vaya cometa! ¡si saltase aquí y se me comiese troncho y todo, qué muerte tan gloriosa!, suspiró el pepino.
Aquella noche estalló una terrible tempestad, las gallinas, los polluelos y hasta el propio gallo corrieron al refugio; el viento arrancó la valla que separaba los dos corrales. Total, un alboroto de mil diablos. Volaron las tejas, pero la veleta se mantenía firme, sin girar siquiera; no podía hacerlo, a pesar de que era joven y recién fundida; pero era prudente y reposada como un viejo. No se parecía a las atolondradas avecinas del cielo, gorriones y golondrinas, a las cuales despreciaba (esos pajaritos piadores, menudos y ordinarios). Las palomas eran grandes, lustrosas y relucientes como el nácar, tenían algo de veleta, más eran gordas y tontas. Todos sus pensamientos se concentraban en llenarse el buche -decía la veleta-; y su trato era aburrido, además. También le habían visitado las aves de paso, contándole historias de tierras extrañas, de caravanas aéreas y espantosas aventuras de bandidos y aves rapaces. La primera vez resultó nuevo e interesante, pero luego observó la veleta que se repetían, que siempre decían lo mismo, y todo acaba por aburrir. Las aves eran aburridas, y todo era aburrido; no se podía alternar con nadie, todos eran unos sosos y unos estúpidos. No valía la pena nada de lo que había visto y oído.
¡El mundo no vale un comino! – decía-, todo es absurdo.
La veleta era eso que solemos llamar abúlica, condición que, de haberla conocido, seguramente la habría hecho interesante a los ojos del pepino. Per éste sólo tenía pensamientos para el gallo del corral, que era su vecino.
El viento se había llevado la valla, y los rayos y truenos habían cesado.
¿Qué me decís de este canto?, preguntó el gallo a las gallinas y polluelos. Salió un tanto ronco, sin elegancia.
Y las gallinas y polluelos se subieron al estercolero, y el gallo se acercó a pasos gallardos.
¡Planta de huerto!, dijo el pepino, la cual, en esta única palabra, se dio cuenta de su inmensa cultura y se olvidó de que la arrancaba y se la comía.
¡Qué gloriosa muerte!
Acudieron las gallinas, y tras ellos los polluelos, y cuando uno corría, corría también el otro, y todos cacareaban y piaban y miraban al gallo, orgullosos de pertenecer a su especie.
¡Quiquiriquí!, cantó él, los polluelos serán muy pronto grandes pollos, si yo lo ordeno en el corral del mundo.
Y las gallinas y los polluelos, venga cacarear y piar. Y el gallo comunicó una gran novedad: Un gallo puede poner un huevo, y, ¡saben lo que hay en el huevo?, pues un basilisco. Nadie puede resistir su mirada. Bien lo saben los hombres, y ahora, ustedes saben lo que hay en mí, saben que soy el rey de todos los gallineros.
Y el gallo agitó las alas, irguió la cresta y volvió a cantar, paseando una mirada escrutadora sobre todas las gallinas y todos los polluelos, los cuales se sentían orgullosísimos de que uno de los suyos fuese el rey de los gallineros. Y arreciaron tanto los cacareos y los píos, que llegaron a oídos del gallo de la veleta; pero no se movió ni impresionó por eso.
¡Todo es absurdo! Replicó para sus adentros; el gallo del corral no pone huevos, ni yo tampoco. Si quisiera, podría poner uno de cáscara blanda, pero ni eso se merece el mundo. ¡todo es absurdo!, ¡ni siquiera puedo seguir aquí!
Y la veleta se desplomó, y no aplastó al gallo del corral, aun que no le faltaron intenciones, dijeron las gallinas.
Moraleja: vale más cantar que ser abúlico y venirse abajo’
Y la moraleja particular, creo que debería ser la de dejar de ser veletas, y pasar a ser críticos con las informaciones que nos invaden, nos atontan, nos anestesian, y nos impiden ser pilotos de nuestras decisiones y actuaciones.
Así podríamos recuperar la iniciativa en el ‘mamihlapinatapai’ (*), término del idioma yagán, de la Patagonia chilena y argentina, que se considera el término más conciso del mundo, y uno de los más difíciles de traducir, y que significa: ‘una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambas desean pero que ninguna se anima a iniciar’.
(Wikipedia)
(*) con ese término titulé un escrito de finales de diciembre, en el que profundicé sobre este concepto.
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