Alfredo Bielma Villanueva
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En nuestro país y sin duda en muchos otros tercermundistas, el último año de un periodo de gobierno trae aparejadas circunstancias contrastantes respecto de las habidas durante los primeros años; es durante el ocaso de una gestión pública cuando llega la hora de recoger las varas de los cohetes tronados en el jolgorio del estreno del poder, quienes se desbocaron en el indecoroso abuso del recurso público comienzan a preocuparse del latente riesgo de ser denunciados penalmente, también aquellos que emplearon el ejercicio del poder para cobrar agravios pero dejaron “vivos” al adversario, serán momentos de grave preocupación temiendo la “sutil reversa” en su contra. Tal escenario ha sido muy recurrente, subrayadamente en los actuales tiempos en los que la alternancia en el poder corre a cargo del ánimo ciudadano, y la preocupación se intensifica al percibirse el posible retorno del adversario. De allí que el último año de un sexenio se convierta en el año de integrar expedientes para la entrega-recepción, revisar las desviaciones cometidas en tiempos de la euforia, “limpiar la casa” de huellas pecaminosas, aunque en muchas ocasiones son más abundantes que las de un mapache a su paso. Ya se va el rey ¡Viva el rey!
Por esto, y mucho más, ahora cobra singular importancia la búsqueda y consecución de una candidatura a cargo de elección popular (en México el fuero es sinónimo de impunidad), una diputación o un escaño senatorial son pepitas de oro para la tranquilidad, aunque nada fácil de conseguir, más aún porque quien decide no es el gobernador saliente sino el entrante, signos de estos tiempos, porque en el pasado el candidato a gobernador corría la cortesía al en funciones de preguntarle si tenía interés en apoyar a alguno de sus cercanos. Esto ya no es igual por la dinámica de las circunstancias, tal como se comprobó con la candidatura de Claudia Tello (cercana a la candidata de Morena al gobierno estatal) al senado de la república, dejando atrás a la candidata del gobernador en funciones. Aunque también quedó fuera de esa instancia Mónica Robles, integrante de una familia de cercanía amistosa con el presidente López Obrador; aunque, por otro lado, el señor Senyazen alcanzó de premio la candidatura a diputado por Morena, que gane la elección es harina de otro costal. Por este y otros detalles permea en el cotarro de la comentocracia la versión de un supuesto distanciamiento entre el gobernador Cuitláhuac García y la candidata a sucederlo, posiblemente se trata de una transcripción errónea de la realidad, a juzgar por el respaldo institucional muy manifiesto en los lugares donde asiste la señora Nahle en su periplo de precampaña. Pero, en última instancia, el perfil del sexto año arriba diseñado es una realidad que orbita sobre quienes “se fueron al río” impulsados por el delirio patrimonialista, porque lo que se ve, no se juzga.
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