Sergio González Levet
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Con ser intrínsecamente buena la naturaleza del ser humano, las ambiciones y los deseos han hecho que muchas personas tomen caminos errados, en una costumbre que se ha ido extendiendo desde que empezó nuestra historia, al grado tal que ahora son muy escasos los hombres de bien, y estamos viviendo en una situación mundial en la que pervive la ley de la selva, la preponderancia del poderoso sobre el sensato, la victoria de los malos sobre los buenos.
Por eso tanta violencia, tanta maldad, tanta injusticia; por eso necesitamos cada vez más héroes y más milagros para adecentar el lugar (dijera Serrat). Por desgracia, hoy son más los insaciables que los frugales, los ansiosos que los prudentes.
La política, que debería ser el ejercicio humano por excelencia, se ha convertido en un aparador en el que refulgen las peores pasiones y los sentimientos más bajos, sobre todo en su modalidad de un camino para arribar al poder y al dinero, al dinero y al poder, porque el orden de los factores no altera lo pésimo del producto.
En el ámbito municipal, que es donde se ejerce la autoridad más cercana, se proyectan diáfanamente las lacras más sórdidas de las almas perdidas, que son tantas. De ahí que en las elecciones para determinar las cabezas de los ayuntamientos es donde se revelan los odios más exacerbados y las peores pasiones. Es en la pugna por la autoridad más cercana y próxima en donde hay luchas con muertos, en donde hermanos se pelean contra hermanos y padres contra hijos y esposas contra esposos.
Y en esa estamos. En Veracruz hay 212 batallas enconadas dentro de cada uno de los partidos por alcanzar las candidaturas y dentro de cada uno de los pueblos y/o ciudades por conquistar el poder municipal.
Es un pleito sin cuartel en el que todos piensan que tienen la razón; para el que no hay reglas que valgan; sin decencia y sin honor.
Todos contra todos es la consigna que permea en las plazas públicas, en los corrillos, en las casas antes santas y serenas. Es un apocalipsis anticipado que se repite cada cuatro años y enseña lo peor de cada quien; un apocalipsis que hace trabajar a tantos sin remedio, gastar lo poco o lo mucho que tienen sin ningún resultado, enojarse para siempre con los que antes fueron amigos o vecinos o aliados.
Unos ganarán y otros perderán. Algunos que pierdan arrebatarán. Otros perderán la vida o la hacienda…pero todo seguirá igual, porque cambiarán los nombres y no las mañas, las leyes y no las transas. Lo que seguirá igual será el derroche de los recursos púbicos, que una vez más se perderán en malas ocurrencias y corruptelas.
Será el acabóse, no se diga más.
Pero habrá algunos que serán buenos alcaldes -ya los hemos tenido- y en algo mejorarán la vida de todos.
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