Sergio González Levet
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Debo confesar que aún estoy pensando si iré a votar para elegir a jueces y magistrados el primer domingo de junio. Dudo por varias razones, y la primera es que no estoy de acuerdo con la reforma del Poder Judicial ni creo que la elección ciudadana sea la mejor manera de garantizar que lleguen los mejores y más honestos profesionales a los puestos de juzgadores.
Otra razón es que perderé el tiempo durante una buena parte de la mañana para votar por el presidente municipal, y después tendría que trasladarme a la casilla de la otra elección, en la que me darán varias boletas con muchos nombres de candidatos -la mayoría desconocidos para mí y para el grueso de la población- que tendré que llenar y que me hará perder otro tiempo precioso del domingo, que es el día en que hasta Dios descansó.
Pero bueno, si me decido a ir, trataré de impulsar con mi sufragio a las mejores y más preparadas personas, con el fin de que los tribunales sean encabezados por reales profesionales del Derecho, lo que está en duda por el método morenista para definirlos.
Sé que el voto es secreto e imagino que ahora es tiempo en que los aspirantes se ajusten a reglas precisas impuestas por el OPLE de Veracruz, pero en lo personal considero que puedo ejercer mi derecho a expresarme y hacer pública mi preferencia.
Como trato de ser un ciudadano responsable, a la hora de votar pensaré en hacerlo por las candidatas o candidatos que tengan un mejor currículum y una vida intachable hasta donde es posible.
Veamos, de acuerdo con lo anterior, yo votaría por la magistrada Rosalba Hernández Hernández, a quien conocí en persona por primera vez apenas el martes pasado, cuando participó con los compañeros del Grupo de los Diez en un desayuno al que invitó Mauricio Cuevas, el Director del portal NV.
Para mí, doña Rosalba debería ser la Presidenta del Tribunal Superior de Justicia porque tiene una historia de vida que la llevó desde la miseria profunda de su nacimiento indígena en la región marginada de Chicontepec, que es toda, a la preparación humana y académica del mayor nivel, conseguida a fuerza de hambre, de sangre, de sudor, de lágrimas.
La doctora Rosalba Hernández garantiza con su propia formación la honorabilidad de su conducta y la certeza de los múltiples reconocimientos que ha recibido en su carrera. Es buena como ella sola, pero además es una jueza y maestra que ha sido estricta, firme y justa, exactamente lo que necesita nuestro sistema judicial estatal.
Yo aún no decido si voy a ir a votar… pero si lo hago, votaré por ella.
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