Pbro. José Manuel Suazo Reyes
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No cualquiera puede erigirse como un guía para la comunidad o sociedad. Para serlo, según la enseñanza del evangelio en este domingo, se requiere coherencia y autocrítica. No sólo se trata de ver los errores ajenos sino ante todo, observar y corregir los propios antes de establecerse como juez de los demás. El texto evangélico evidencia a los ciegos, pero no de los ojos, sino a quienes no tienen claridad de lo que pueden y deben hacer y quienes tampoco les interesa corregirse.
El evangelio que escucharemos este domingo (Lc 6, 39-45) contiene varias enseñanzas que Jesús dirige a sus discípulos. Se utilizan algunas imágenes como la figura del ciego o la ceguera, la relación maestro discípulo, la paja y la viga, el árbol y los frutos, el corazón y las palabras, que hacen más fácil la comprensión de lo que se desea transmitir.
Estas enseñanzas que vienen expresadas por medio de proverbios o dichos sapienciales, puestos en boca de Jesús, revelan algunas problemáticas que seguramente estaban sucediendo en las comunidades primitivas. Los “guías ciegos”, falsos maestros, expresiones vacías y actitudes hipócritas no provenían tanto del exterior, sino que empezaron a surgir dentro de las mismas comunidades.
La enseñanza general que nos ofrece este evangelio entonces, es que EL DISCÍPULO DE CRISTO DEBE EVITAR LA PRESUNCIÓN, PRESENTARSE COMO UN MODELO PARA LOS DEMÁS O ESTABLECERSE COMO UN JUEZ PARA LOS OTROS. ANTES DE OCUPARSE DE LOS DEMÁS, DEBE OBSERVARSE A SÍ MISMO, HACER SU PROPIO EXAMEN DE CONCIENCIA, RECONOCER SUS PROPIOS LÍMITES Y TRATAR DE ELIMINAR LOS PROPIOS DEFECTOS.
Si un creyente, tuviera la necesidad de hacer una corrección, como el mismo Jesús también lo enseña en otra parte del evangelio, lo puede y lo debe hacer, pero nunca con aires de superioridad o de grandeza, sino de una manera humilde, motivado por la verdad y la justicia y con mucha caridad.
Un discípulo de Cristo, movido por el Espíritu Santo, para agradar a Dios Padre, es aquel que busca ser siempre un árbol bueno que produce frutos buenos en su forma de pensar, de hablar y de actuar; es alguien que alimenta suficientemente su interior con la Palabra de Dios, mediante la Oración, los sacramentos y las obras de misericordia.
Cuando procuramos o alimentarmos nuestro interior de cosas buenas, estas mismas saldrán al exterior incluso de forma natural. Así entenderemos mejor una de las expresiones de Jesús que escucharemos este domingo, “la boca habla de lo que está lleno el corazón”.
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