Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona
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El presente escrito es una miscelánea, un cajón de sastre de diferentes ideas, si bien con un denominador común: la lucha del penúltimo contra el último.
Un día como hoy, 10 de marzo, pero de 1923, asesinaron a Salvador Seguí i Rubinat, ‘El noi del Sucre’ (‘el chico del azúcar’, por tener la costumbre de comerse el azúcar que le servían con el café; si bien él decía que era ‘por ser tan dulce, que atraía a las moscas) (1887 – 1923), uno de los principales líderes del anarcosindicalismo, participante de la ‘Vaga de la Canadenca’ de 1919 (que ya expliqué, ampliamente, en un escrito reciente). Su asesinato, a manos de pistoleros ‘blancos’ del Sindicat Lliure (dirigido por la patronal catalana, con la protección del gobernador civil de Barcelona, Martínez Anido), como represalia por el asesinato, días antes, del empleado de banca Josep Martí Arbonés. En el atentado contra Seguí, también quedó gravemente herido su compañero Francesc Comas i Pagès (el Paronas) que falleció diez después.
Y también, otro 10 de marzo, falleció el cantautor y actor Ovidi Montllor i Mengual (1942 – 1995), por un cáncer de esófago. De una familia de clase obrera, tuvo que espabilarse, trabajando hasta en 36 oficios diferentes (mecánico, vendedor ambulante, obrero textil, camarero, pastor, picapedrero, etc.) y siempre manteniendo su espíritu antifranquista, como reflejó en sus canciones.
El común denominador de ambos personajes fue la defensa de los más desvalidos, de los más necesitados, es decir, de los últimos en el escalafón social. Un escalafón que, a pesar de sus heterogéneas características y orígenes, presentaban un sentimiento homogéneo, en defensa de sus derechos, frente a la clase burguesa.
Una clase burguesa que, desde siempre, se creía (y cree) superior, y ejercía (sigue ejerciendo) su poder, para mantener consolidada su posición privilegiada.
Una muestra la tenemos con el Baró de Maldà (Rafael d’Amat i de Cortada, 1746 – 1819), autor de una obra, titulada ‘Calaix de sastre’ (cajón de sastre; por eso he elegido a este personaje, ya que es un claro ejemplo de la miscelánea, que he comentado al inicio de este escrito). Este autor, en 1769, al cumplir los 23 años, empezó a escribir un dietario, en el que recogía todos los hechos que se fueron produciendo a lo largo de 50 años, pero, ‘filtrados’ de acuerdo con sus intereses. Así, no le interesó la Revolución Industrial; era católico de misa diaria (‘comme il faut’, ‘como es debido’, como decía) y era un ‘dolce far niente’, dada su vida de aristócrata, que explicó lo que comía, detallando los platos, así como su presentación; el tiempo que hacía; la crónica social: sus fiestas, vestuario, apariencia; etc.; y no aparece nada respecto a las clases sociales urbanas, a excepción de algunos de sus criados, ya que no tenía contacto con esa clase baja, tampoco comentó nada, apenas, de los campesinos. Explicó que ‘escribía en catalán por placer y gusto, ya que el castellano es la lengua del catastro y de los impuestos, y la aristocracia catalana no se ha de someter’.
Pues bien, esa clásica división social, en la actualidad ha desaparecido; el capitalismo ha logrado eliminar la denominación y el propio concepto de la ‘clase obrera’, ese ha sido uno de sus logros; y así, todos los trabajadores estamos divididos y subdivididos, sin referentes; y lo que es más penoso, olvidando que trabajamos para las clases ‘superiores’, con lo que eso comporta.
En el año 2002, la mitad de la población catalana era de clase trabajadora (mano de obra), el 41% clase media asalariada (administrativos, y empleados cualificados; es decir, los históricamente denominados ‘de cuello blanco), y el 9% clase media propietaria (básicamente, comerciantes y propietarios de pequeños establecimientos)
Y, es más, entre la ‘mano de obra’ (denominación despectiva y ultrajante, que solo valora la fuerza bruta, y no el cerebro), se incluyen a gran parte de los inmigrados (los ‘afortunados’ que tienen los papeles en regla; los que no los tienen, figuran en el mercado laboral ‘negro’ (otro insulto racista) o marginados totalmente)
Y claro, la consecuencia directa de olvidar nuestra pertenencia a la ‘clase trabajadora’ (según el concepto clásico definido por Karl Heinrich Marx (1818 – 1883) y Friedrich Engels (1820 – 1895)), no nos privilegia en absoluto, más bien lo contrario, nos debilita; la clase privilegiada ha aplicado el lema de Gaius Iulius Caesar (Julio César, 100 a. C. – 44 a. C.): ‘divide et impera’, y así, esa clase nos ha vencido.
Y, consecuentemente, entre todos los trabajadores formamos una miscelánea (que, etimológicamente, viene de ‘miscere’, mezclar, una mezcla de varias cosas. Decimus Iunius Iuvenalis (Juvenal, 55 – 127) explicó que ‘miscellanêa’ era una comida que se daba a los gladiadores, y que era una mezcla de muchas cosas); y dada esa mezcla de intereses y valores, el resultado es que cada uno tiramos por nuestra cuenta. Y ese individualismo es el resultado final y, por lo tanto, el gran éxito de la clase poderosa.
El poder nos ha ‘convencido’ de que colectivamente no tenemos futuro, ni esperanza (ni de independencia, ni de mejora económica ni medioambiental); y, la alternativa impuesta, es que nos olvidemos de la colectividad, y nos dediquemos a ‘salvarnos a nosotros mismos, individualmente’, siguiendo la farsa del ‘reconocimiento del esfuerzo’.
Así, claro, han eliminado no solo a la colectividad, si no que también han vaciado de contenido al concepto de ‘pueblo’; hasta han denigrado el concepto de libertad, para sustituirlo por el ultraliberalismo.
Y el mensaje del poder, argumentado con la premisa de que no hay dinero para todo y para todos (para el súper-armamento, como vemos, si, claro), nos obliga a sacrificar derechos, y en ese caldo de cultivo, el individualismo exacerbado se refleja en la lucha del penúltimo contra el último.
Esa lucha la hemos visto en las recientes elecciones de los EUA, en la que los ‘inmigrantes’ con papeles (los penúltimos), votaron por Donald Trump, para rechazar a los últimos recién llegados o a los que esperan llegar.
Y este conflicto lo podemos ver, también, en nuestra sociedad, ya que se está imponiendo una política de odio, especialmente por la derecha extrema y la derecha extrema, pero, también entre otros colectivos.
El odio a los otros, a los diferentes, nos lo aplican los nacionalistas españoles a los catalanes (en su conjunto, independentistas y dependentistas), solo hace falta oír a la desbocada Isabel Díaz Ayuso (del PP; presidenta de la comunidad de Madrid). Y así, multiplican nuestros problemas, agudizando nuestras divisiones; llegando al extremo de deshumanizarnos. Y la conclusión buscada, es la desmovilización.
En todo momento ha habido personajes que han trabajado contra todo ese oleaje explotador; por ejemplo, Ramón Pignatelli Moncayo (1734 – 1793) que, en su ejercicio político y en sus obras de ingeniería civil, privilegió la defensa de los campesinos; pero, claro, ese pensamiento social es puntual y esporádico y, habitualmente, olvidado. Un buen ejemplo lo vimos con la epidemia de la covid, que, por mucho que diga la UE, fue una lucha de todos contra todos, por conseguir mascarillas, respiradores, etc.
Hoy hemos visto una excelente, y bastante completa, exposición de las obras de Fernando Botero Angulo (1932 – 2023), y, mientras la veía, me ha parecido que puede ser una buena metáfora aplicable a nuestra situación, ya que el pintor y escultor colombiano representa a todos los personajes: políticos, artistas, eclesiásticos, toreros, bailarinas, etc.; con sus diferencias específicas, pero con un gran volumen, mostrándonos, así, que en la diversidad, hay un elemento común definitorio. Y esa es la moraleja que deberíamos aplicarnos los independentistas catalanes, olvidando las diferencias, para centrarnos en el objetivo final: la independencia.
Y claro, prescindiendo de los personajes tóxicos que, ya desde antes del 2017 han venido intoxicando y envenenando a nuestro colectivo. El exdiputado Julià de Jódar, en un tuit del pasado día 7, señaló que Gabriel Rufián (ERC) es ‘un quintacolumnista sin máscaras’ y que ERC son ‘desertores del campo de batalla’; por lo que aconseja a ese partido ‘disolverse y volver a crear un partido nuevo’ (pero, claro, yo añado que ha de ser con otros mimbres, ya que, si son los mismos, no se puede hacer más que el cesto actual). No podemos aceptar que se imponga el refrán que dice ‘con estos bueyes hay que arar’, pues no debemos conformarnos con lo que tenemos, debemos aspirar a buscar nuevos liderazgos, dignos de tal denominación. En caso contrario, seguirán las moscas, que no dejarán de merodear y revolotear, atraídas por la ‘dulzura’, como señaló ‘El noi del Sucre’ citado.
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