Pero cuando en Chihuahua una banda de sicarios dispara contra un grupo de jóvenes reunidos en una fiesta, cuando por la Operación Enjambre se detiene a jefes de seguridad municipales y en Puebla igual que en el estado de México se detienen a alcaldes involucrados en casos delincuenciales, es difícil emprender desde la base estrategias exitosas. También, cuando a vox populi llega información de gobernadores con presuntos vínculos con huachicoleros y capos de la droga, se genera una fuerte corriente de desconfianza del ciudadano respecto de la autoridad. Aquel la “estrategia” de López Obrador de “combatir a la delincuencia” atacando las causas de la pobreza, partía de supuestos falsos al suponer a la pobreza como causa generadora de la violencia. Ni “sembrando vida”, ni entregando becas, ni contratando “siervos de la nación”, excepto para asuntos electorales, han impedido el reclutamiento de miles de adolescentes para convertirlos en refuerzos del crimen. El estrepitoso fracaso del sofisma “abrazos y no balazos” se comprueba con la dificultad del actual gobierno para combatir a un monstruo de mil cabezas, acrecido justo a causa de la omisión gubernamental en el deficiente combate al crimen organizado. Nunca como ahora se había detenido a nutrido numero de delincuentes cabecillas del crimen organizado, tampoco localizado y destruido en gran número laboratorios clandestinos, ni incautado toneladas de droga como ahora, sin embargo, pese a dichos resultados esta lucha se asemeja a un combate contra la Hidra, el monstruo mitológico de nueve cabezas al que cuando le cortaban una le surgían dos más.
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