José Manuel Suazo Reyes
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El evangelio que escucharemos este domingo (Lc 10, 25-37) se desarrolla en torno a dos preguntas fundamentales: ¿qué se debe hacer para tener la vida eterna y quién es el prójimo?
La vida eterna se consigue cuando observamos los dos mandamientos que resumen toda la ley judía y que consisten en el Amor a Dios y amor al prójimo. De la observancia de esos dos preceptos depende todo. El evangelio insiste en que no basta conocer de memoria estos dos principios sino que es necesario ponerlos en práctica. Por eso Jesús termina diciéndole al maestro de la ley que lo había cuestionado: SI HACES ESO VIVIRÁS.
La parábola del buen samaritano describe cómo se comportan tres personas ante alguien que ha caído en desgracia. Los tres personajes son un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros se pasan de largo y sólo el último se detiene y atiende al necesitado.
El buen samaritano de la parábola lo podemos aplicar en primer lugar a Jesús mismo. Él en efecto se ha compadecido de nosotros y se ha hecho nuestro prójimo, cargando sobre sí nuestra condición miserable, curándonos de nuestros pecados y aliviando nuestra condición humana. Él nos ha reconciliado con Dios y con nuestros hermanos. Él nos ha introducido en su Iglesia y ha pagado por nosotros con su propia vida. Jesús es el buen samaritano para la humanidad.
La parábola del buen samaritano nos enseña además cómo hacerse prójimo de quien nos necesita. Siempre que nos encontramos ante una situación que reclama nuestra solidaridad, nuestra reacción dependerá de qué actitud tomemos ante esa realidad. Si ponemos en primer lugar nuestra persona, es muy probable que siempre encontremos justificantes para no actuar o no comprometernos, es decir para no hacernos prójimos de los demás. Si el primer lugar se lo damos a los demás entonces tendremos motivos suficientes para ayudarlos en su necesidad.
No se trata tal vez de realizar grandes obras sino muchas veces de pequeñas cosas que guardan un gran significado. Uno puede acercarse a los demás cambiando su lenguaje y el modo de proceder. Uno puede ser buen prójimo por ejemplo diciendo una palabra positiva o destacando la bondad de los demás. También se es buen prójimo cuando ofrece un poco de compañía a quien se siente solo, o cuando ofrecemos un servicio a quien vive alguna dificultad sea por su edad o por su salud. Se es buen prójimo cuando uno dedica un poco de tiempo para los demás. Cuando visita algún enfermo por ejemplo o se acerca uno a quien vive alguna necesidad o aflicción.
La vida nos ofrece muchas oportunidades para ser también un buen samaritano para los demás, no hay que desaprovecharlo pues de esa manera se obtiene la vida eterna.
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