Sergio González Levet
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En los pueblos tropicales como el mío, los vendedores de paletas y nieves de sabores eran una verdadera bendición helada, que se aunaba a las delicias gastronómicas que hacían torcer los ojos y congelaban la lengua.
El nevero y el paletero -dos linajes de una misma variedad comercial, dos variantes mercadológicas de la guerra contra el calor, siempre renovada en los veranos de fuego y en la canícula desalmada- eran los modernos juglares que traían las mejores noticias, que no podían ser otras que las golosinas en vueltas en frutas y azúcar y aderezadas con su baja temperatura.
En Misantla como en tantos otros lugares, esos individuos cotidianos terminaron por convertirse en personajes indispensables del paisaje regional y humano. Mencionaré aquí los nombres que conocimos los chamacos de aquellos entonces y de esa tierra, pero la nomenclatura es lo de menos porque perviven en la leyenda con los nombres autóctonos que les dieron fama y permanencia.
Chunfo Zayas llegó casi a los 90 años cargando y empujando su carrito de nieves que fue casi siempre de una sola rueda, hasta que sus hijos y él mismo comprendieron que ya no iba a poder con tanto peso y lo sustituyeron por un vehículo también sin motor -de un hombre de fuerza, decía el inolvidable nevero- pero que tenía cuatro ruedas y hacía menos arduo el esfuerzo de llevarlo por todo el pueblo, con sus bajadas y subidas no tan pendencieras como la de Xalapa aunque sí cansadoras a la larga.
Chunfo guardaba el dinero en un cajón de madera y usaba la tapa al golpearla contra los bordes para hacer saber que estaba llegando con su cargamento lleno de ilusiones del sabor. Él hacía nieve de un solo sabor y lo cambiaba cada día: mango inusitado, coco totalmente comprometedor, cacahuate impensable, pero en su abolengo nunca gritaba el sabor y sólo decía en un grito de bajo apagado: ¡Barquillos!
Un caso diferente era el paletero. El famoso Canelo, que era el hermano mayor de una familia que fue heredando el apodo; los canelos, ofrecía además de las golosinas friolentas las mieles de su humor inigualable, que lo hacían el personaje más divertido y divertidor de Misantla.
“¿Qué no oyen que es de limón?”, retaba a sus consumidores cuando faltaban a arremolinarse al carrito hecho de lámina y revestido de caucho para que guardara una temperatura que era imposible en el calor jarocho de la costa brava (o, viceversa, en el calor bravo de la costa jarocha).
A los jóvenes de la época, el Canelo les invitaba: “¡Órale, pajonudos!”
Chunfo y el Canelo, dos personajes inolvidables de todos los tiempos de los pueblos veracruzanos, que hoy recordé atravesado en los calores de esta estación que no tiene remedio entre lluvias y sofocones.
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