Carlos Villalobos
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Lo que ocurrió en el Senado con Alejandro “Alito” Moreno no necesita mayor adjetivo más que impresentable.
Durante la sesión de la Comisión Permanente, el dirigente nacional del PRI perdió el control, otra vez, ya que subió a la tribuna y, en pleno Himno Nacional, increpó a Gerardo Fernández Noroña para posteriormente irse a los golpes contra el todavía presidente del Senado. Sí, empujones, manotazos, incluso puñetazos, todo mientras un colaborador de Noroña era derribado y por si fuera poco, tras el bochornoso episodio, el priísta se presentó ante la prensa no para disculparse, sino para retar a su adversario: “Que venga aquí para darle unos chingadazos”, dijo, con el aplomo de quien no entiende que la política se supone, al menos en teoría, que se ejerce con argumentos, diálogo, concertación y no con amenazas y mucho menos a golpes.
Este no es un hecho aislado ya que Moreno Cárdenas tiene un largo historial de confrontaciones que revelan más soberbia que liderazgo. Ahí están sus insultos a Noroña en marzo de este mismo año, cuando lo llamó “porro”, “payaso” y “vil bufón” o los reclamos a Morena a quienes acusó de “cobardes” por reventar sesiones.
Lo de hoy, sin embargo, rebasa el anecdotario de sus exabruptos porque muestra de cuerpo entero no solo la violencia con la que entiende la política, sino también la fragilidad de la oposición a la que dice representar. En un momento en el que se necesitaría estrategia, contención y sobre todo visión, lo que Alito exhibe es que su estilo termina siendo un boicot contra sí mismo y, de paso, contra las pocas posibilidades que le quedan a su partido de recuperar un mínimo de dignidad.
No hay que olvidar que este mismo dirigente fue el arquitecto de la primera vez en la historia del PRI en la que no hubo candidato presidencial. Sí, bajo su mando el partido terminó cediendo su lugar al PAN para que postulara a Xóchitl Gálvez. A eso habría que sumar cómo enturbió el proceso interno para reelegirse como presidente del CEN, la cantidad de escaños perdidos bajo su gestión y la percepción generalizada de que ha saboteado desde dentro al partido con tal de conservar el poder.
Con semejante historial de servicio, el escándalo de hoy no sorprende, pero sí confirma que Moreno Cárdenas es su peor enemigo, pero por si fuera poco lo más grave es que en lugar de fortalecer al PRI como alternativa, lo ha convertido en una caricatura de sí mismo.
La conducta violenta que reventó en tribuna solo es el reflejo de la soberbia, la incapacidad para el diálogo y la obsesión por el poder sin entender que cada acto suyo no solo lo hunde más, sino que arrastra con él a lo que queda de su partido.
Lo más curioso de todo es que al final, el único que parece va a acabar con Alito Moreno, es el mismo.
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