Alfredo Bielma Villanueva
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Una de las conclusiones básicas de los estudiosos de la Ciencia Política se refiere a la acentuada correspondencia entre el desarrollo político y las condiciones socioeconómicas y culturales de una comunidad. A menor desarrollo económico menor desarrollo político, establece una de sus hipótesis, que por cierto no siempre se demuestra con manifiesta certidumbre en la conducta de su clase política y servidores públicos. De cualquier manera, una sociedad con desarrollo sociocultural elevado mantiene una clase política con estándares equivalentes en apego a exigencias de carácter ético en su conducta. Así es posible advertirlo en las democracias europeas y del Reino Unido. Obviamente, como positivo insumo, la fuerza de las instituciones y el respeto al estado de Derecho fortalecen a las democracias. Sin duda, el grado de desarrollo sociocultural influye en la conducta no solo de la clase política sino también en el de su burocracia, en su clase empresarial, etc. Sobre esto último hemos tenido oportunidad de ver cómo se han resueltos los casos del CEO Andy Byron, a quien cámaras indiscretas descubrieron su relación amorosa con una de sus empleadas, durante un concierto de Coldplay, de inmediato fue despedido de su empresa. O bien el caso de Laurent Freixe, el CEO que la Nestlé despidió al descubrirse su relación con una subordinada, porque se consideró que “violaba el código de buena conducta profesional de la compañía”. ¿Cómo procesaríamos en México esa clase de acontecimientos? Es pregunta
Porque en nuestro país, si bien nos esforzamos por evolucionar hacia patrones de conducta más aceptables hay signos cuya resistencia al cambio lo dificultan. Uno de nuestros retrasos democráticos lo ejemplifica el nepotismo en cargos públicos contra el cual la presidenta Sheinbaum impulsó reforma constitucional, pero incluso en las filas de su Movimiento ha encontrado solida resistencia. “El orgullo de mi nepotismo”, dijo el presidente López Portillo para referirse al cargo de subsecretario de la presidencia otorgado a su hijo, un producto clásico del autoritarismo y del subdesarrollo político. Aquello sucedió en la década de los años setenta del siglo pasado y no lo hemos superado porque ese fenómeno, el nepotismo, está fuertemente arraigado, o ya institucionalizado en nuestra cultura del poder, pues está instalado en el ámbito municipal, el estatal y el federal. Allí está el caso de Zacatecas, donde Saul Monreal insiste en candidatearse al gobierno de esa entidad pese al llamado de su hermano Ricardo para que no cometa “suicidio político” confrontándose con los deseos de la presidenta Sheinbaum. Usos y costumbres políticas que está por verse si la voluntad presidencial es capaz de ponerle fin.
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