Miguel Angel Cristiani G.
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Aunque todavía no se ha definido si el nombre será Javier o Edgar, lo que sí parece seguro es que el apellido Herrera volverá a aparecer en las boletas electorales en 2027.
El dato no es menor: la postulación sería por un distrito de la Cuenca del Papaloapan, específicamente en el terruño de Nopaltepec, lugar de origen de Fidel Herrera Beltrán, el llamado Tío Fide.
Han pasado ya varios años desde que el exgobernador veracruzano dejó lo que él mismo solía llamar, sin rubor alguno, “el pinche poder”. Y aun así, persiste una percepción que lo distingue del resto de la clase política: la memoria de su generosidad.
En las conversaciones donde su nombre sigue apareciendo —y no son pocas— rara vez se escucha a alguien decir: “yo le pedí ayuda y no me la dio”. Por el contrario, el recuerdo dominante es el de un político que sí daba, y daba mucho.
No repartía tarjetas del Bienestar ni prometía apoyos futuros. Repartía billetes en efectivo, literalmente a manos llenas. Lo mismo servían para solventar un funeral, comprar medicinas urgentes o apoyar la fiesta de quince años de alguna muchacha del pueblo.
Era un secreto a voces: quien se acercaba a Fidel Herrera a pedir apoyo, difícilmente se iba con las manos vacías.
Cuenta la leyenda urbana —esa que suele contener más verdad que muchos informes oficiales— que cada mañana pasaba temprano por Palacio de Gobierno, donde le entregaban fajos de billetes que distribuía entre los múltiples bolsillos de su saco, listos para ser repartidos a lo largo de una agenda frenética.
Los opositores dirán —no sin razón— que no era su dinero, que en realidad se trataba de recursos públicos. Pero también es cierto que ese dinero se entregaba de manera directa, sin intermediarios y, en muchos casos, sin condicionamientos visibles.
Una anécdota resume mejor que cualquier discurso su fama: una mujer, conocida profesionalmente por pedir apoyos, lo esperaba a la salida del estacionamiento de Palacio. Al verlo salir en su camioneta, se atravesó con los brazos extendidos. Los escoltas intentaron retirarla, pero Fidel bajó del vehículo y ordenó que la dejaran. Metió la mano en el saco para sacar billetes cuando ella le gritó:
—¡No de esa bolsa no, de la otra!
Sabía perfectamente en cuál guardaba los de mayor denominación.
Ese reconocimiento a su generosidad perdura hasta hoy, pese al paso del tiempo y a los claroscuros de su gestión.
No es casualidad, entonces, que en los primeros días del próximo año comience a operar una Fundación Social que, de manera lógica, llevará el nombre de “Tío Fidel”, administrada por sus descendientes.
De hecho, ya ha comenzado a brindar apoyos a familias de la zona norte del estado afectadas por inundaciones, aunque de ello se ha hablado poco.
El Tío Fide sigue siendo, para muchos políticos, un ejemplo incómodo:
porque hoy también hay quienes se llenan los bolsillos… pero ya no reparten nada.
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