Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona
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Hoy hemos visto que Isidre Fainé i Casas (83 años) ha sido reelegido presidente de la Fundació La Caixa, para cuatro años más, y que Javier Godó Muntañola (85 años) repetirá como vicepresidente por ese mismo período; e, igualmente, repetirán los vocales. Asimismo, vemos que los principales líderes mundiales son septuagenarios u octogenarios, por lo que me parece evidente que se da, simultáneamente, una gran soberbia y prepotencia (el síndrome de Hubris: orgullo desmedido), junto con la mencionada efebifobia o efebofobia, es decir, el miedo irracional hacia las personas más jóvenes, como intento explicar a continuación.
La gerontocracia, el gobierno oligárquico de los ancianos, si bien puede aportar un plus de experiencia, de estabilidad y de contactos; comporta, inevitablemente, una desconexión generacional con sus coetáneos, inadaptación ante los nuevos retos y avances tecnológicos, resistencia al cambio, etc.
José Ortega y Gasset (1883 – 1955) consideró que las generaciones eran de 15 años; si bien ahora se ha ampliado a 20 ó 30 años. Teóricamente, atendiendo a diferentes características, se consideran las siguientes generaciones:
Según el diccionario de la RAE, como generación: ‘se entiende al conjunto de personas que, habiendo nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, adoptan una actitud en cierto modo común, en el ámbito del pensamiento o de la creación’. Es decir, comprende y determina los años de formación y educación de las personas que, a lo largo de su vida, coexistirán, convivirán, con las futuras generaciones, pero llevando la mochila original y, por lo tanto, marcadas por sus raíces, a pesar de que se vayan modulando y afinando sucesivamente.
Volviendo al tema central de este escrito, en la actualidad tenemos los siguientes presidentes, ordenados de forma decreciente por su edad:
Paul Biya (Camerún), 91 años; Mahmud Ridha Abbás (Palestina), 89 años; Alí Hoseiní Jamenei (Irán), 85 años; Mishal Al-Áhmad Al-Yáber Al-Sabah (Kuwait), 83 años; Daniel Ortega (Nicaragua), 80 años; Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), 79 años; Donald Trump (EUA), 79 años; Binyamín Netanyahu (Israel) 75 años; Narendra Modi (India), 75 años; Vladímir Vladimirovitx Putin (Rusia) 73 años; Xi Jinping (China) 72 años; Recep Tayyip Erdogan (Turquía) 71 años; etc.
Y en otros cargos, también de máxima relevancia en la UE, tenemos a:
Christine Lagarde (presidenta del Banco Central Europeo), 69 años; Ursula von der Leyen (Presidenta Comisión Europea), 66 años; António Luis Santos da Costa (presidente Consejo de Europa), 65 años.
Y esa reticencia a dejar los cargos, además de comportar un tapón generacional, que frena la ascensión, la realización de las carreras de los ‘más jóvenes’, que ven truncadas sus aspiraciones; además, comporta una falta de savia nueva, de personas con formación más actualizada, con nuevas energías, ideas o expectativas.
Si bien cada profesión tiene sus características especiales, a nivel general se considera que la plenitud profesional (senior) se suele dar entre los 30 y los 60 años, las personas en la etapa vital máxima, contemplando dos posibles subetapas:
Asimismo, es sabido que todo profesional, cuando lleva determinados años en un puesto de trabajo, generalmente, acaba acomodándose, máxime cuando no tiene expectativas de ascender.
Obviamente, en el ámbito político, en el que todo depende de equilibrios partidistas, la dimisión de determinado cargo puede desestabilizar dicho equilibrio y, consecuentemente, muchos subordinados podrían perder sus respectivos puestos de trabajo (ya que, salvo honrosas excepciones, nadie asume sus funciones por vocación de servicio público), y esa ruptura de equilibrios puede abrir la caja de Pandora y dar lugar a venganzas.
En este momento, tenemos gran cantidad de gobernantes no monárquicos, que llevan excesivos años en sus respectivos puestos de máxima responsabilidad, como los siguientes, ordenados por orden decreciente:
Como he dicho, la veteranía no debe menospreciarse, pero tampoco sobrevalorarse (y menos, cuando es debida a la efebifobia, fobia (irracional e inconsciente) a los jóvenes); por eso, hay otras figuras como la del ‘emérito’ que, etimológicamente, significa ‘por mérito’, haber cumplido su condena o haber dejado sus cargos con honor.
En la antigua Roma se consideraba ‘emérito’ a los soldados que habían cumplido su tiempo de servicio y disfrutaba la recompensa debida a sus méritos. Asimismo, se consideraban ‘eméritos’ a ciertos personajes tras renunciar a sus cargos.
En la actualidad, la consideración de ‘emérito’ se da a determinados profesores (al dejar de ser titulares), y a cargos eclesiásticos (obispos) que se han jubilado, pero que, por sus méritos, mantienen sus honores y algunas veces sus funciones. Pero ya vimos un Papa emérito (Benedicto XVI, 1927 - 2022), y tenemos un rey emérito (Juan Carlos I), con ese título, sin corresponder, precisamente, a sus méritos ni honores.
En definitiva, que todos, todos, los líderes, a los 65 años, deberían dar un paso atrás y dejar sus cargos, para que entre savia nueva; tenemos un excesivo número de vejestorios en los máximos cargos. Y, asimismo, deberían limitarse, legalmente, todos los mandatos, ya que es impresentable que se eternicen en sus puestos, deberían fijarse dos mandatos de 4 años, como máximo, pues, lo que no han podido o querido hacer en ese período, ya no lo harán. Y rejuveneciendo a todos los líderes, veremos que la juventud dejará de estar apartada y desconectada de la política, y se verá más involucrada.
Pero, si bien sin cargos, todos los de nuestra generación deberíamos evitar ser silenciosos y silenciados, como la ‘generación silenciosa’ (entre la Gran Depresión y el final de la segunda Guerra Mundial) de la que muchos formamos parte; pues tenemos y podemos seguir aportando, aconsejando, sin caer en ansias de imponer nada, ya que apenas tenemos futuro, futuro que deben preverlo, gobernarlo y dirigirlo, los que realmente lo tienen.
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