Dr. Lenin Torres Antonio
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En los pliegues más inquietantes de nuestro tiempo, ese tiempo tardomoderno donde la política ha dejado de ser mediación para convertirse en espectáculo de fuerzas, la figura de Donald Trump no debe leerse como una anomalía, sino como un síntoma de decadencia, ni tampoco como “libertario” sino como acérrimo fascista “democrático”.
Durante un breve pero significativo momento, se intentó proyectar a Trump como un posible artífice de paz. La sola insinuación de su nombre en la órbita del Nobel no hablaba tanto de sus méritos como del grado de distorsión del campo político global. Aquella narrativa, la del pacificador improbable, fue, en realidad, un espejismo funcional: una ilusión necesaria para sostener la ficción de que el orden internacional aún podía producir figuras conciliadoras, e insistió en nombrarse el pacificador, que gracias a él se habían resuelto conflictos armados entre naciones, por ejemplo, la breve connato de guerra entre Pakistán y la India, etc., y se ufanaba de decir que él se merecía el Novel de la Paz. Ego y narcisismo que terminó cuando por política y no por méritos se otorgó a la venezolana Corina Machado dicho premió, que, por cierto, incumplió uno de los requisitos que había legado Novel, que dicho premio se otorgara ¡a quién promoviera la paz y no la guerra!, cosa que nunca ha hecho Corina Machado, hoy ignorada por su correligionario Donal Trump.
Pero el espejismo se disipó, y lo que emergió no fue un líder de equilibrio, sino una figura mucho más acorde con la gramática profunda de nuestro tiempo: el guerrero apocalíptico.
Como lo anticipó Sigmund Freud, la civilización no elimina la pulsión; apenas la contiene. La política moderna, heredera del proyecto ilustrado, se construyó precisamente sobre esa contención: instituciones, consensos, mediaciones, y principalmente apelando al uso de la razón y el diálogo para evitar las guerras y los conflictos entre los pueblos. Instituciones que casi nunca han logrado tal objetivo, mucho menos hoy en día.
Sin embargo, cuando esos dispositivos simbólicos se erosionan, cuando el lenguaje pierde eficacia y las instituciones dejan de producir legitimidad, lo reprimido retorna. Y retorna con fuerza.
Trump no introduce la violencia en la política: la revela. Su discurso no inaugura el conflicto: lo desborda. Lo que vemos en él es la emergencia de una energía pulsional que ya no encuentra cauces en la forma política tradicional ni en la narrativa ilustrada, echa a un lado por el mismo Trump, que apelando a la defense de los interese de los EE UU, y, pensando en no perder el poder global, ha optado por las armas, la fuerza, y el poder, en lugar, del diálogo y la razón, en ese sentido Trump es el sepulturero de la Ilustración.
Aquí la lectura de Jacques Lacan resulta decisiva: el sujeto no está estructurado por la razón, sino por la falta. En ese vacío constitutivo, el discurso político deja de organizarse en torno a proyectos y se articula alrededor de identificaciones imaginarias. Trump no gobierna a través de ideas, sino de afectos. No convoca ciudadanos; convoca tribus.
Lo que está en juego no es simplemente una deriva autoritaria, sino una mutación más radical: el paso de la política como espacio de mediación a la política como campo de guerra permanente.
El adversario ya no es interlocutor, sino enemigo. La verdad deja de ser un horizonte compartido para convertirse en arma estratégica. La palabra no busca persuadir, sino imponerse, legitimando o censurando a autoridades de otros país pisándoles el cuello con la bota militar, dejando en el suelo la autonomía y la libertad de los pueblos del mundo, tratando a los serviles representantes de la derecha mundial como sus sirvientes, reuniendo a presidentes y primeros ministros de países de América Latina y el Caribe y espectarles que, “no voy aprender su maldito idioma (español)”, aun teniendo como jefe de la diplomacia a un hispano, de origen cubano, Marco Rubio, que junto con sus “honorables y patrióticos” invitado aplaudirle, y a un esquizoide Milei reclamando un bolígrafo para sentirse bendecido por el narciso y vulgar Trump.
En este punto, la intuición de Michel Foucault se vuelve inquietantemente actual: la política puede ser leída como la continuación de la guerra por otros medios. Pero en figuras como Trump, esta ecuación se invierte: la guerra deja de ser metáfora y se convierte en principio organizador del discurso político.
Su eficacia política revela algo más profundo: el colapso de la ilustración emerge un violento y su narrativa seductora para las mentes débiles, los histéricos de su comparsa en los EE UU y el mundo.
En un mundo donde las promesas de progreso han perdido credibilidad, donde las instituciones ya no garantizan estabilidad ni sentido, el apocalipsis deja de ser una amenaza para convertirse en horizonte.
Trump no ofrece continuidad; ofrece vacío. No promete reformas; promete confrontación. Su lenguaje no construye futuro, sino que dramatiza el fin: decadencia, traición, invasión, destrucción.
El verdadero problema no es Trump. El problema es la estructura histórica que lo produce, la era del vacío donde la palabra no vale, donde la razón no cuenta.
La modernidad política se edificó sobre tres pilares: razón, progreso y sujeto autónomo. Pero, como ya lo señalaron sus grandes críticos, de Karl Marx a Friedrich Nietzsche, ese edificio contenía fisuras irreductibles. La desigualdad estructural, el nihilismo y la fragmentación del sentido fueron minando sus cimientos.
Hoy asistimos a su agotamiento. Trump no es una excepción al orden moderno; es la evidencia de su descomposición.
¿Qué tipo de vacío simbólico hemos producido para que la figura del guerrero apocalíptico se vuelva políticamente viable?
Y más aún: ¿qué tipo de reconstrucción del vínculo social sería capaz de desactivar esa lógica?
Si, como sugiere una lectura relacional del sujeto, en sintonía con las críticas más profundas a la modernidad, no es el individuo aislado sino la relación la unidad mínima de lo social, entonces la crisis actual no es solo institucional o económica, sino ontológica, demográfica y psicológica.
Hemos perdido el tejido que hace posible lo común. Y en ese vacío, el apocalipsis habla más fuerte que la política.
Este texto forma parte de la serie Apuntes desde el suelo, una exploración crítica de las transformaciones contemporáneas del poder, la subjetividad y la vida social en el umbral de una nueva configuración histórica.
No se trata de interpretar figuras aisladas, sino de leer en ellas las huellas de un mundo que se descompone y que, quizás, busca aún las condiciones de su recomposición.
Por de mientras, estamos en peligro que esa figuras apocalípticas y dementes en un mal calculo para mantener el poder ponga en peligro a la humanidad completa, no tan sólo la democracia, la libertad, la razón, el derecho, la autonomía.
Marzo de 2026.
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