Sergio González Levet
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Llega la esposa del funcionario chairo intempestivamente a su oficina, entra impetuosamente y lo encuentra junto con su secretaria, desnudos ambos, en pleno acto carnal.
La mujer despavorida le empieza a gritar y a decir que es un adúltero, un infiel, un mentiroso. El hombre se recompone como puede, se tapa con las manos lo que alcanza a cubrir y le responde con aplomo a su ofendida esposa:
—Mira, mujer, tú me acusas de que te engaño, pero es tu dicho solamente. A ver, dame pruebas, pruebas, pruebas.
La estrategia de respuesta que han estado utilizando todos los funcionarios de la Cuarta Transformación que han sido sorprendidos en engaños, corruptelas y robos ha sido tratar de minimizar las acusaciones con el recurso de solicitar pruebas, pruebas, pruebas. Y en el seguimiento del manualito de Andrés Manuelito, llegan a verdaderos absurdos, como el del infiel marido del principio.
Todo empezó con la Presidenta, a quien los asesores venezolanos que mantiene le recomendaron que diera siempre como respuesta la promesa de que se iniciarían investigaciones sobre cualquier acusación y que en lo inmediato exigiera pruebas, pruebas, pruebas a quienes hicieran cualquier señalamiento.

Que si alguien presentaba facturas cobradas por las empresas de los amigos de los hijos de AMLO: pruebas, pruebas, pruebas.
Que si alguna de las obras faraónicas tenía fallas de construcción y causaba accidentes y hasta muertes: pruebas, pruebas, pruebas.
Que si agarraban a los sobrinos del exsecretario de Marina metidos en el negocio del huachicol, que con 600 mil millones de pesos robados es el peor fraude de la historia del país: pruebas, pruebas, pruebas.
Y la respuesta se volvió viral entre los chairos, pues ahora cualquier funcionario cuatrotero de medio o de cuarto de pelo sale en automático a exigir pruebas, pruebas, pruebas cuando lo sorprenden en alguna desviación de los dineros públicos.
Gobernadores, diputados y senadores, presidentes municipales, secretarios de despacho, asistentes, directores y jefes de departamento, guaruras, choferes, noviecitas y noviecitos, atendedores de ventanillas al público, policías y polecías, agentes de Tránsito y hasta intendentes que llegaron por su 90 por ciento de lealtad a la causa han puesto de moda la solicitud reiterada: pruebas, pruebas, pruebas, que se ha convertido en una cantaleta más dicha que las letras de Bad Bunny.
El único problema que tiene ese recurso para desviar la atención, es que frente a la flagrancia del delito no es necesario presentar evidencias. Y a funcionarios chairos de todos los niveles, cada día los agarran más y más con las manos en la masa.
Pruebas, pruebas, pruebas…
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