Pbro. José Manuel Suazo Reyes
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El tercer domingo de Adviento es llamado domingo de la Alegría debido principalmente a la cercanía de la Navidad. Ya estamos muy próximos de la celebración del nacimiento de Jesús nuestro Salvador. Las lecturas bíblicas que escucharemos nos ayudan comprender también el sentido profundo de esta alegría. Nosotros nos alegramos porque el nacimiento del Hijo de Dios expresa que Dios está en medio de nosotros. La alegría cristiana entonces tiene como fundamento a Dios que camina con nosotros y está en medio de nosotros compartiendo nuestra historia.
El evangelio (Lc 3, 10-18) nos presenta nuevamente a Juan el Bautista predicando a las multitudes y haciéndoles algunas recomendaciones. Eso significa que no es suficiente con escuchar la Palabra de Dios, ésta se tiene que poner en obra en nuestra vida. La gente pregunta al Bautista qué es lo que debe hacer y él presenta un abanico de posibilidades donde debe traducirse la fe.
La fe para que sea auténtica necesita proyectarse en el trato con los demás y en nuestra vida cotidiana. Uno no puede quedarse solamente en una relación intimista e individualista con Dios, sino que es necesario que nuestra fe se traduzca en obras sociales de solidaridad con los necesitados por ello el Bautista recomienda que quien tiene dos túnicas que dé una al que no tiene ninguna” y el que “tenga alimentos que haga lo mismo”. La fe se hace creíble y atractiva cuando se proyecta en la caridad. El Adviento es una hermosa oportunidad para llevar a cabo estas obras de misericordia con los demás.
La fe se traduce además en obras de justicia. Por ello el bautista dice también a los publicanos, es decir a los que tenían una función pública: “no cobren más de lo establecido”. Una persona creyente no puede abusar de la función pública para alterar los precios y hacer de su servicio un negocio personal o familiar e enriquecerse indebidamente. Eso es corrupción pura, es una obra injusta y va contra la verdad y la justicia.
La fe también se proyecta en el ejercicio de la verdad. A los encargados de la seguridad y el orden público como son los soldados, el Bautista también les ofrece un mensaje: “no extorsionen a nadie ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”. Cuánta razón y actualidad tienen estas palabras de Juan el Bautista. En efecto los encargados de cuidar el orden deben respetar los derechos humanos, conducirse con verdad y no abusar de su posición simplemente porque tienen un tipo de poder. El poder debe utilizarse siempre para servir a los demás con justicia, verdad y caridad.
Cuando vivimos así nuestra fe, entonces experimentamos también una gran alegría. Porque los deseos de Dios de que vivamos como sus hijos siendo solidarios unos con otros, actuando con verdad y justicia y con honestidad se hacen realidad y nos ayudan a colaborar con Dios en la construcción de su reino.
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