Pbro. José Manuel Suazo Reyes
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El evangelio de este domingo (Lc 13, 1-9) comprende dos secciones diferentes, cada una con su propia temática. En la primera parte aparece una conversación entre Jesús y unos discípulos, el Señor insiste en la necesidad de convertirse para poder salvar la vida; en la segunda parte, Jesús cuenta la parábola de la Higuera que no ha producido lo que se espera. En esta segunda sección, junto con la invitación a dar fruto, aparece el tema de la misericordia divina. El dueño del terreno concede un tiempo más para dar oportunidad que el fruto aparezca. Entre las dos secciones existe complementariedad, aplicado a la vida cristiana se necesita conversión personal para producir los frutos que Dios espera de nosotros.
Los temas que aborda este pasaje evangélico nos recuerda que nos encontramos en el periodo de la cuaresma, un tiempo de preparación para la pascua donde se nos invita precisamente a la conversión. Pudieramos sentir la tentación de pensar que la llamada a la conversión vale solo para los grandes pecadores y no para nosotros. Esa sería una conducta equivocada. Al contrario, cada uno de nosotros debe sentirse interpelado por lo que dice Jesús en su Palabra. TODOS ESTAMOS LLAMADOS A CONVERTIRNOS Y A DAR FRUTO.
En la cuaresma Dios nos invita a corregir algo de nosotros. Puede ser el modo de vivir nuestra fe cristiana, las formas de orar, de trabajar o de vivir las relaciones con los demás. Por eso la cuaresma es un tiempo de conversión y de mejora. De hecho, la primera llamada que se nos hizo al iniciar la cuaresma con el signo de la ceniza fue la siguiente: “conviértete y cree en el evangelio”.
No debemos olvidar además que la invitación a la conversión tiene una motivación en Dios y es la misericordia. Dios quiere que todos los hombres se salven y por eso nos invita a la conversión. Dios no se complace en la muerte del pecador; Dios desea que todos sus hijos tengan vida en abundancia. El pecado es lo que nos conduce a la muerte y lo que nos roba la vida; el pecado nos despersonaliza y nos divide; nos aleja de nuestros hermanos y nos quita la vida de Dios. El pecado nos hace estériles en obras buenas, como la higuera que no daba frutos.
En la parábola de la higuera contada por Jesús se manifiesta la misericordia de Dios que da tiempo al ser humano para la conversión. El hecho de que se marque un tiempo límite en la parábola, significa la urgencia de la conversión. Si no se convierten perecerán, dice Jesús. Esto significa también que el tiempo para convertirse tiene un límite y por ello hay que hacer caso a la llamada que Dios nos hace pues podríamos perder la oportunidad para siempre.
No se puede abusar de la misericordia de Dios o ser indiferente ante ella pues la vida de cada uno de nosotros tiene un límite y no sabemos cuándo llegará, por ello es bueno corresponder a esa misericordia con nuestra conversión.
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