Pbro. José Manuel Suazo Reyes
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El evangelio que escucharemos este domingo (Lc 12, 13-21), aborda un tema sapiencial, habla del comportamiento humano ante los bienes de este mundo. Dijimos el domingo pasado que en la oración uno puede suplicar a Dios todo tipo de bienes, especialemente aquellos que necesitamos; junto con ello uno debe suplicar además la sabiduría necesaria para saber administrarlos.
En el evangelio de este domingo, Jesús rechaza convertirse en un juez que sólo distribuye riquezas materiales. Dios interviene en los corazones, no en el reparto de las herencias.
Este comportamiento ante los bienes materiales viene manifestado en este pasaje del evangelio, en la preocupación del hermano que pide el reparto de la herencia y con el ejemplo de un agricultor afortunado, que ensimismado en sus cosas muestra que su preocupación principal parece ser sólo la acumulación y el aumento de sus riquezas.
Las riquezas materiales son una cosa buena, permiten a la persona disfrutar de muchos bienes y servicios. Cuando hay riquezas se puede hacer mucho bien. El problema que presenta el evangelio, no son las riquezas mismas, sino el modo de obtenerlas y la forma de poseerlas. Un problema de las riquezas surge cuando las idolatramos, y cuando hacemos de ellas nuestro bien absoluto.
Jesús, en un tono sapiencial, en este fragmento del evangelio, ofrece una advertencia seria a sus discípulos sobre la avaricia. La avaricia es el deseo insaciable de tener siempre de más. Reza un dicho: “La sed se apaga con la bebida, el hambre se satisface con la comida, pero nada apaga la avaricia”. Nada colma el corazón de una persona que está contaminada por la avaricia. La avaricia es una idolatría de las cosas creadas.
¿Qué provecho saca el hombre de todos sus trabajos y afanes bajo el sol? Se pregunta el libro del Eclesiastés. La respuesta del evangelio es NINGUNA, ningún provecho se obtiene si el ser humano durante su vida, se preocupa solamente de acumular para sí mismo en forma egoísta, sin compartir los propios bienes con quien no los tiene. De ahí la sentencia de Jesús, “la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posee”.
Una realidad contrastante es que las riquezas de este mundo no te aseguran la vida, no te protegen de la muerte. Puede ser que la muerte se retrase un poco con los bienes que posees, pero cuando llega el momento final, uno tiene que partir. Muchas veces la muerte te puede sorprender, se puede presentar en el momento que menos lo esperas. De ahí la enseñanza de Jesús de vivir con sabiduría.
No eres más importante, ni vales más que los demás, porque vivas en la abundancia. Una persona vale por aquello que es, no por lo que tiene. Vales por aquello que eres en tu interior, como ser humano y como cristiano, no por aquello que puedes aparentar externamente.
Por lo tanto, lo que enriquece verdaderamente a las personas, es la forma como administran sus bienes. No se trata de despreciar las riquezas, sino de saberlas usar con sabiduría, utilizarlas para practicar el bien, reconociendo que son un medio, nunca un fin; con las riquezas materiales uno puede hacer buenas obras y mantener siempre un espíritu de solidaridad humana y cristiana.
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