Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona
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Anteayer (6/10), la periodista Eva Piquer llenó la sala Paral.lel 62 con periodistas, escritores, editores, presentadores de televisión, políticos y expolíticos, para presentar su libro ‘Difamació: autòpsia d’un escarni classista, misogin i cruel’ (Club Editor, 1ª edic. oct. 2025), para romper el silencio y socavar la impunidad contra el autor del escarnio, que explico seguidamente.
En primer lugar, es preciso resaltar una breve reseña biográfica de Eva Piquer i Vinent (n. 1969): escritora, periodista, profesora, editora y directora del magacín cultural ‘Catorze’ y excorresponsal en Nueva York (1992 – 1994), colaboradora en varios programas radiofónicos, ganadora de varios premios importantes, y que, en las elecciones al Parlament de Catalunya de 2012, se presentó en séptimo lugar en la lista de ERC, obteniendo un escaño, al que renunció a los dos meses, por motivos personales, estuvo casada con el también periodista, fundador y primer director del Ara (en sus primeros 5 años), Carles Capdevila i Plandiura (1965 – 1 de junio del 2017), con el que tuvo 4 hijos, y que fue una gran persona y un insigne profesional que falleció, prematuramente por cáncer, a los 51 años.
Pues bien, con la presentación de su libro mencionado (un pequeño libro, del tamaño de una octavilla, y con 124 páginas, que he comprado rápidamente, y del que extraigo las referencias para este escrito), rompió un largo silencio, de 10 años, para derrocar la impunidad contra el autor del escarnio, pues dos años antes del fallecimiento de su esposo, un famosillo opinador y sabelotodo, habitual en todos los medios de difusión, un tal Bernat Dedéu i Pastor (n. 1979), filósofo y escritor, había publicado una serie de artículos sarcásticos, vaticinando que Capdevila moriría y que su mujer sería ‘la viuda oficial de la tribu’ y ‘la Pantoja de Catalunya’. Un año, siete meses y dieciocho días después de la publicación del más agresivo de esos artículos, Carles falleció; si bien, en ningún momento fue conocedor de los mismos, ya que su esposa y amigos le evitaron ese disgusto.
Y anteayer, presentando ese libro, tras un doloroso período de ocho años, Eva Piquer presentó sus pensamientos y experiencias, si bien, en el libro no explicita el nombre del acosador (lo rebautiza con el nombre de ‘Ricard’, para no hacerle publicidad).
Según explica Eva en su contundente librito, estando en la sala de espera del Hospital Valle d’Hebrón, junto a su marido, un pariente de Eva le envió un whatsapp, diciéndole si había leído el artículo del ‘Cabronazo’ (así le llama el pariente), que se había saltado todas las líneas rojas. Inmediatamente, ella hizo unas cuantas pesquisas, para saber quién era el ‘Cabronazo’ que y leyó el artículo, sin comentárselo a su marido, pues éste le había dicho: ‘tu lee lo que quieras pero no me digas nada -sonaba a orden porque lo era-, no me hagas ni un triste resumen, avísame sólo si alguna vez crees que me he de querellar o que he de contratar un sicario’, ese era el humor de Capdevila.
Todavía en la sala de espera de oncología, Eva explica: ‘Recibí la llamada de mi hijo mayor, de 18 años, ya le ha llegado el artículo, que se propaga por las redes como la pólvora encendida. El hijo tiene una especie de ataque nervioso, llora y grita. El título del artículo es el apellido de su padre seguido del mío: sus apellidos. Pienso en los otros hijos. Los he de proteger como sea, los quiero proteger, no los podré proteger. Ni Dios podría parar internet desde una sala de espera con mala cobertura. Al cabo de un momento, el de trece años -primer curso que tiene móvil- me enviará un whatsapp diciendo ¿verdad que el padre no morirá? Y una carita triste. (…)’
‘(…) aquel artículo repugnante de octubre del 2015 -un vómito bilioso en toda regla (…) acababa diciendo que, en el caso que mi marido muriese por el cáncer que padecía, yo pasaría a ser automáticamente ‘la viuda oficial de la tribu’, ‘nuestra futura Pantoja’.
(…) con una semana de retraso, día más o menos, mi padre leyó el Vómito. No le pregunté cómo le había llegado, no lo quise saber. Mi madre y yo habíamos intentado que no lo leyese, porque le conocemos. El padre haría lo que fuera por mí, me querría proteger en todo momento de todos los monstruos del sistema solar. Del disgusto y la impotencia, tuvo una crisis hipertensiva que le hizo ir a urgencia de Sant Pau.
Es decir. Cuando acababan de diagnosticar un cáncer al padre de mis cuatro hijos y me encontraba al lindar del infierno, cuando intentábamos sacar de los respectivos cerebros la idea de una muerte a corto plazo, justo en aquel momento de vulnerabilidad y desconcierto y autoengaño, un ser humano encontró oportuno asediarme con una serie de artículos difamatorios que culminaron en un texto cargado de mentiras y prejuicios que me presentaba como la viuda oficial de Catalunya. El artículo apareció un año, siete meses y dieciocho días antes -¡antes!- de la muerte de mi marido. Él estaba vivo, pero ya me habían atribuido la condición de viuda.
Con sus insultos recurrentes y con el uso del dolor privado como un proyectil público, el Ricard me hizo un daño imposible de imaginar si no te has encontrado. Un daño irreparable en muchos sentidos. Pero no consiguió decapitarme y hoy, diez años después, me siento suficientemente fuerte para responder. Para dejar de callar. Para devolverle, envueltas a mi manera, las palabras que me escupió en aquel Vómito y en otros episodios clínicos anteriores o posteriores.
(…) A Ricard solo le conozco de vista, no he intercambiado ni un hola. No me conoce. (…) Cuando Ricard me insultó en diversos artículos de su blog y en algún medio digital, callé porque no tenía energía para hablar. No era una opción: en aquel momento no podía hacer nada más, en casa nos estábamos muriendo. Pero me hacía daño no responder, un daño más grande de lo que yo misma quería admitir (en casa nos estábamos muriendo, Eva, ¿Qué no sabes priorizar?)
(…) En enero del 2018, un diario publicó que habían condenado a Ricard por haber insultado y vejado al director adjunto de aquel rotativo. La sentencia le obligaba a borrar dos textos de su blog y a pagar 18.000 euros de indemnización, por ‘una intromisión ilegítima en el derecho fundamental al honor’ del demandante. Según la juez, los artículos de Ricard excedían la mera crítica y contenían mensajes despectivos que pretendían ofender y desacreditar el directivo de prensa. La noticia precisaba que el articulista condenado también había escrito en el mismo blog textos en los que se burlaba de mi marido ya muerto y de mí (en uno de ellos, decía que ‘adoraba’ escarnizarnos)
(…) en uno de sus vómitos, Ricard dijo que si el cáncer que padecíamos en casa, que si los ansiolíticos que decía que me tomaba como si fueran caramelos –‘las dosis de ansiolíticos pasan de 0,25 a 0,50 con grácil facilidad, y el Alprazolam para desayunar y el Diazepam para cenar’-
(…) Cuando un enemigo no existe, es preciso construirlo, afirma Umberto Eco en su conferencia ‘Construir el enemigo’
(…) Ricard me había definido años atrás como ‘una intensa peluquera del Clor’. Nací en Nou Barris, en la Prosperitat: un origen todavía más humillante a los ojos del articulista. El Clot era, para mí, un barrio aspiracional. Mi Clot era su Pedralbes, su Les Tres Torres. Pero quizás el detalle que le sulfuraba era que no fuera peluquera, que tuviera títulos universitarios, que viniendo de donde vengo, tuviera un trabajo como el suyo.
(…) En su vómito que me salpicó en aquella sala de espera, Ricard justificaba que está bien burlarse de los enfermos y se amparaba en la necesidad de mantener vivo ‘el arte de lo grotesco’. Lo decía así, refiriéndose a mí y a mi marido: ‘si decido no escribir más (…) no será porque considere que no podemos burlarnos de quien lo pasa mal, lo que acabaría con el arte de lo grotesco con (sic) el que somos excelsos los de la raza mediterránea’.
(…) En marzo del 2018, Ricardo me dedicó otro artículo con mi nombre y apellido en el título y con ‘nuestra Pantoja’ (…) y el difamador se refirió en ‘Catorze’ (la plataforma que fundé en 2014) como ‘esta simple bayeta de cocina. ‘Catorze’ acababa de recibir el Premio Nacional de Cultura. Una simple bayeta de cocina. No se me ocurre una metáfora más machista ni más clasista (…)’
En este libro, la autora intenta entender y explicar ¿qué motiva a un difamador?, ¿cómo opera la difamación?, ¿qué heridas causa?, ¿qué clase de sujeto disminuido sale?, sin caer en la personalización del ataque, por lo que me parece muy didáctico.
Ahora bien, el aspecto principal, a mi modo de ver, es darnos cuenta de la nula capacidad crítica de la mayoría de los medios de comunicación, que no tienen una escala de valores para censurar a personajes difamadores como el que nos ocupa, ya que durante estos diez años ha seguido ejerciendo de opinador y de tertuliano; así de baja tienen la luz de gálibo de la moral y de la ética.
Eva Piquer explica que el tal Ricardo, al ser condenado por difamar al subdirector de un medio de comunicación, ese medio clausuró su participación; pero, al cambiar al director del diario, volvió a escribir con periodicidad (entiendo que se refiere a La Vanguardia)
Me parece que, si queremos tener una República Catalana, ésta deberá estar limpia, deberá tener unos criterios morales y éticos que eviten los abusos de todo tipo, y que defiendan a los débiles. No hay otra, si no queremos tener más de lo mismo, es decir, seguir viviendo en la basura.
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