18 de Mayo de 2026
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MOMENTO DE ACOTAR - Francisco Cabral Bravo
La mejor estrategia no es "jalar la cobija", sino hacerla crecer
2026-05-18 - 18:55

 






 

Francisco Cabral Bravo

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Una de las principales cualidades del ser humano es buscar respuestas a las preguntas que se van formulando a lo largo de la vida. Esa posibilidad de preguntar, cuestionar, ingerir, indagar nos ha permitido, en tanto seres humanos, generar ese conocimiento que nos ha permitido por ejemplo, es ponderar la facilidad con la que se lleva un encendedor en el bolso para que, con un mecanismo al alcance de cualquier persona, se encienda ese pequeña flama que admiró y llenó de angustia, como se nos ha transmitido en los libros y las aulas, a los primeros seres humanos y que, por supuesto, también es parte fundamental de las antiguas mitologías en las que se observa que las culturas de la antigüedad también habían comprendido la importancia del fuego: a fin de cuentas, el dios Prometeo sigue apareciendo como ese referente del conocimiento que abatió la oscuridad de la ignorancia.
Por fortuna, la misma historia nos habla acerca de la trascendencia que implicó la creación de ese artífice entre el conocimiento y la comprensión de los claroscuros que caracteriza a los seres humanos: la escuela, la institución educativa que, en cierto sentido, es parte de aquello que define a una sociedad. En ese tenor, bastaría con preguntarse cuántas características de ese encendedor que quizás se pierde en la vastedad del bolsillo es resultado de una idea de la breve polifonía surgida de un salón de clases. Ya las y los especialistas en la pedagogía, en la historia de la educación nos han planteado la importancia de la escuela en el desarrollo de la cultura a lo largo de nuestro proceso como civilización; sin embargo, en ocasiones, necesitamos apelar a esa pregunta sencilla que nos permita ubicar, en nuestras propias vidas, la trascendencia de ese espacio que se disfruta, que se goza, que también sufre, pero que necesita para seguir iluminando con el fuego prometeico nuestra idea del futuro.
Nadie se atrevería a negar que, en nuestro país al menos durante la primera mitad del siglo pasado, dicha noción era lo más relevante para los diferentes proyectos de nación que buscaban consolidar su propia idea de futuro.
En otro contexto algo raro empieza a pasar en la lectura. Uno abre la columna de un autor conocido y, de pronto, su voz no es la que siempre, parece demasiado pulida y simétrica. Todo está en su sitio, pero algo brinca. Luego aparece un libro traducido con una sintaxis impecable, aunque con un matiz torcido, una frase que se entiende, pero no termina de encajar.
Más tarde llega un caso de inteligencia artificial que inventa una cita, extravía un contexto u ofrece una mentira con aplomo. No falta un legislador con una iniciativa de ley en la que se le cuela la firma de la IA. El problema en la escritura no es que la IA escribe mal. Es que lo hace bien incluso cuando se equivoca.
En las columnas de opinión, la IA deja ciertas huellas. Chat GPT tiende a ordenar el pensamiento por contraste: "No se trata de X, sino Y". Delata una voz demasiado entrenada para matizar y reencuadrar. A eso suma una inclusión por frases redondas: "la confianza no se decreta, se construye, el liderazgo no se impone,se gana".

Claude suele ser más sereno e inclinado a acompañar al lector con una suavidad que roza la sobrecorrección. Deep Seek empuja hacia una escritura más seca, más orientada a resolver una tarea que a producir música verbal. Perplexity influye menos en la voz que en la lógica. Arma síntesis ancladas en fuentes, priorizando verificabilidad sobre estilo.
Esas huellas que se señalan como "sospechosas" son, en realidad, virtudes que deberían exigirse a escritores, periodistas y columnistas. Claridad, orden, síntesis, capacidad explicativa, cierres potentes, tono balanceado, ausencia de errores groseros. Nada de eso es una falla de la IA.
El problema aparece cuando la limpieza de un texto borra la experiencia, la observación original, la escena completa, concreta, la voz singular o el trabajo intelectual que distingue a un buen lector.
Comienza a generarse un rechazo a la escritura artificial; empieza a estar de moda el uso de herramientas y textos cortos y directos para demostrar la humanidad autoral. Ante esto, surgen herramientas como Sincerely, que adapta textos hiperformales, con estructura perfecta, a otros más cortos, en tono coloquial y con abreviaturas propias de mensajería instantánea.
Otras aplicaciones que "humanizan" textos son fraudulentas. ¡Aguas! La IA simula similitud.
La comunidad literaria, casi en su mayoría, se opone al uso de la IA en los procesos editoriales y escriturales. De nuevo, el argumento más común es que produce textos mediocres y previsibles. No crea nada nuevo porque actúa regurgitando  lo ya producido.
Jorge Volpi en su columna "Otra inteligencia", expone una perspectiva más matizada: debemos ir más allá de la visión es excepcionalista del ser humano ("solo nosotros podemos crear pensamiento, arte y literatura") y entender que la IA puede producir cosas valiosas si sabemos cómo usarla.

 

 


 


Hace poco, el editor italiano Andrea Colamedici publicó un libro del filósofo hongkonés, radicado en Alemania, Jianwei Xun, sobre la "hipnocracia", una nueva forma de ejercer el poder en el siglo XXI. Los conceptos propuestos ahí se colaron en un debate en Cannes sobre la "Metamorfosis de la democracia".
A partir de ahí, algunos investigadores y periodistas los retomaron. Resulta que Jianwei Xun no existe. Es un invento de Colamedici, quién construyó el libro en diálogo con dos plataformas de IA en una suerte de performance o provocación (y quizás construyendo una crítica velada al filósofo surcoreano radicado en Alemania Byung-Chul Han, autor de infocracia, quién escribe y publica casi tan rápido como una IA.
Al final el experimento funcionó. Se generó un diálogo con la IA, pero el sentimiento de engaño persiste en los involucrados (medios como El País que cubrieron el debate y citaron a Xun, borraron los artículos).
Roald Dahl imaginó en "El gran dramatizador automático" (1953) a un escritor frustrado que, como ingeniero, construyó una máquina que creaba cuentos y novelas en segundos.
Enriquecido al vender esos textos con seudónimos, intentó persuadir a grandes autores de ceder sus firmas. Los que, por orgullo, se negaban, como ahora algunos críticos terminaban en la ruina.
En otro contexto vivimos en un gran teatro.
No uno de esos del siglo de oro con balcones de madera tallada y un texto impecable, sino un teatro absurdo, de luces estroboscópicas y tramoyas oxidadas, donde los actores cambian de máscara en el mismo acto y el público, en lugar de silbar, vitorea su propia confusión.
En ese teatro, la política es el drama principal, aunque nadie recuerda ya el argumento. Los candidatos no ofrecen planes de gobierno; ofrecen trading topics. Los debates públicos han sido reemplazados por monólogos diseñados para fragmentos de 30 segundos, donde la profundidad es enemiga de la retención digital. Los adversarios ya no son rivales ideológicos; son villanos de telenovela a los que hay que destruir con un meme.
Los políticos han aprendido a dominar el arte de decir todo lo contrario al sentido común; sin pestañear.
"En política, la coherencia es un lujo que nadie puede permitirse cuando hay una cámara encendida" dijo Octavio Paz en El laberinto de la soledad. La consecuencia de esto es una realidad alucinada. La coherencia, ese antiguo arte de predicar con ejemplo, ha muerto asfixiada bajo el peso de las encuestas.
"Yo puedo ser contradictorio. No tengo por qué ser coherente conmigo mismo". La frase dicha sin ironía, resume la esencia del nuevo realismo político. A pocos metros de este escenario, en el mismo complejo de teatros, se levanta el tablado de la farándula. Pero cuidado: aquí no hay actores secundarios. La farándula es el camerino donde la política va a maquillarse, y el fútbol a buscar su vestuario.
Vivimos en la era del famoso por ser famoso, una categoría tan etérea como poderosa.
Se puede predicar la espiritualidad mientras se vende un método del adelgazamiento milagroso, o exigir justicia social desde la exclusividad de una marca de lujo.





 

 

 

 

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