Francisco Cabral Bravo
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Una de las lecciones más incómodas de este momento es que no se puede vencer a un ejército que lo primero que está dispuesto a perder es la vida y que este destino forma parte aceptable de su horizonte político y religioso. Y ese componente, el del fanatismo y la radicalización del conflicto es el que vuelve esta guerra santa todavía más peligrosa.
Muchos estadounidenses querían volver a sentirse orgullosos de serlo y compraron la promesa de que regresaría el respeto, el orden y la prosperidad. Hoy se encuentran con otra realidad: pagan más, viven peor Y observan como sectores enteros de su economía resisten la falta de mano de obra migrante que durante años sostuvo industrias completas.
En otro contexto hay estados del alma que parecen condenarnos a una espiral descendente de la que es difícil escapar. Uno de los más temibles es aquel en el que el corazón se endurece y la mente se pone necia. No se trata de dos eventos separados, sino de un solo proceso: el corazón al centrarse en la compasión y a la vulnerabilidad, dicta la mente un camino de rigidez: la mente, al volverse incapaz de cuestionarse, justifica y profundiza el endurecimiento del corazón. Es una alianza perversa que convierte al ser humano en su propio carcelero. El endurecimiento del corazón no ocurre de la noche a la mañana. Es más bien una sedimentación de pequeñas durezas cotidianas; la indiferencia ante el dolor ajeno que se repite hasta volverse costumbre; la desconfianza que se vuelve muralla; el miedo disfrazado de fortaleza. Frases como "así es la vida" son sus mantras. Quien endurece su corazón cree estar protegiéndose, pero en realidad está amputando su capacidad más humana: la de sentir con el otro. Y al dejar de sentir deja también de comprender. La empatía no es solo un sentimiento: es una forma de conocimiento. Sin ella, el mundo se reduce a un tablero de interés y los otros dejan de ser personas para convertirse en obstáculos, herramientas o prescindibles. La mente necia es la compañera indispensable de este corazón petrificado. La necedad no es ignorancia; es una obstinación orgullosa que rechaza la evidencia, el matiz y la autocrítica.
Mientras que la mente abierta nutre de preguntas, la mente necia se atrinchera en certezas. Mientras que una escucha para aprender, la otra escucha para refutar. En su forma más extrema, la necedad se vuelve ideología; cualquier dato que contradiga sus convenciones es automáticamente descalificado, como has llegado, falso o malintencionado. Así, la necedad se autoprotege: al no admitir error, no necesita cambiar. Lo trágico es que este binomio, corazón duro, mente necia se alimenta mutuamente. Un corazón insensible no tiene motivos para cuestionar sus juicios: una mente que no cuestiona sus juicios nunca descubre la dureza de su propio corazón.
¿Hay salida? Creo que sí, pero no es fácil. La salida comienza con una grieta en el edificio autosuficiente de la certeza. El corazón se ablanda cuando dejamos de temer al dolor y aceptamos que ser vulnerable es parte de estar vivo. La mente se vuelve lúcida cuando recupera la capacidad de asombrarse y de decir "no lo sé". Son dos movimientos paralelos: abrirse a sentir, abrirse a dudar. Porque el verdadero conocimiento no se es el que se posee con soberbia, sino el que se busca con humildad. Y la verdadera fortaleza no es la que no se siente, si no la que se siente y aún así elige no cerrarse.
En última instancia, el endurecimiento del corazón y la necesidad de la mente son formas de muerte en vida. Son maneras de habilitar el mundo sin dejarse tocar por él.
En otro orden de ideas me atrevo a pensar que marcan la ideología dominante en nuestros días dos postulados fundamentales, que guían a los gobernantes, senadores, diputados, alcaldes, medios, organizaciones y "especialistas", en superación personal y fomento del optimismo. Me refiero, en primer lugar, a la difundida idea de que se puede alcanzar la felicidad en un puro acto de voluntad. Muchos falsos filósofos predican que "podemos ser felices con solo proponérnoslo". Elogian la pobreza y la elevan al grado de suprema virtud (claro eso puede decirlo quién tiene lleno el estómago), y preguntan que ser pobre es una gran ventaja: hasta abre el paso a una vida mejor en el más allá. Así aún en la más horrible pobreza es alcanzable la felicidad, pues esta no es cosa material, sino cuestión del espíritu. Lo mundano solo merece desprecio. Todo este sistema de ideas tiene como piedra de toque una concepción del hombre como algo puramente espiritual, un espíritu que se le basta a sí mismo, puede existir y elevarse, libre de todo lastre material, postulaban ya desde la antigüedad algunas filosofías de la India, como el Zaratustra de Nietzsche, o como predicaban los anacoretas que buscaban la paz del espíritu y la ataraxia en la privación de todo goce material y en el puro encierro espiritual.
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