En la UNAM y en el Politécnico casi toda la matricula confiábamos en el nuevo régimen cubano, embelesados, escuchábamos las grabaciones de los kilométricos discursos de Fidel Castro combatiendo retóricamente al imperialismo yanki. Gringo, go home era la consigna generalizada, en México respirábamos por la herida histórica del 2 de febrero de 1848. ¿Qué joven estudiante de la década de 1960 no fue procastrista? Pero 67 años después, conociendo las penurias de la vida en Cuba se antoja difícil permanecer en aquella romántica ilusión. El pueblo cubano sufre hambre, su economía decrece día a día, su sistema político no es democrático sino autoritario y represivo. Es una casta la que gobierna sin permitir oposición política, solo existe un partido de Estado y el disenso político se castiga con cárcel. En su defensa, se argumenta que el “bloqueo” no ha permitido su desarrollo económico, pero al gobierno cubano llegaron miles de millones de rublos desde la URSS, miles de millones de dólares desde Venezuela, de México y otros países con gobiernos solidarios con ese régimen, sin embargo no hubo ni crecimiento ni desarrollo económico. No es del todo cierto que antes de la Revolución Cubana la Isla viviera en bonanza, tal como se muestra en videos propagandísticos para justificar la agresión estadounidense, la Habana era el lugar de recreo de fin de semana del turismo estadounidense, ciertamente circulaban dólares al por mayor, que sin embargo no llegaban al pueblo sino a los propietarios de hoteles, prostíbulos y casinos de la Habana, de allí el descontento que germinó la Revolución, paradójicamente apoyada desde los Estados Unidos, que a su vez pretendían que Castro se inclinara a su favor como un protectorado, a la usanza de la actual mandataria de Venezuela. Pero esa es otra historia.