Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona
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A mi modo de ver, el momento político actual se caracteriza, entre otros aspectos, por la falta de confianza, pues estamos convencidos de que todo se basa en el engaño, y por eso, nos sentimos vulnerables, en situación de riesgo. Y, en esta situación, tendemos a votar la opción menos mala o, los más rigurosos, a abstenerse, como intento explicar a continuación.
Revisando la situación política catalana y española, muchos sabemos que el PP, Vox y AC (Aliança Catalana) representan el mal mayor; mientras que el PSC/PSOE, ERC y los Comunes, representan el mal menor; y, en algunas situaciones, Junts representa el mal mediano.
Sobre la elección de un mal menor, o mediano, como mejor elección para ‘frenar’ el mal mayor, podemos encontrar muchos argumentos:
Y podríamos proseguir con infinidad de pensadores y, también, recurrir a la mitología, como se puede encontrar en la Odisea, de Homero (s. VIII a.C.), cuando Odiseo (Ulises) eligió acercarse a Escila, al monstruo marino devorador de hombres, perdiendo a seis compañeros; pero si se hubiera acercado al otro lado del estrecho de Messina, el monstruo marino Caribdes, todos hubieran perecido. De ahí la expresión ‘entre Escila y Caribdes.
Pero, siendo críticos, podemos encontrar, asimismo, pensadores como:
Y en estas estamos, pues:
Y la realidad nos muestra que toda elección tiene sus consecuencias, éticas y morales, como nos explican los dilemas de ‘la tabla de Carnéades’ (Carnéades de Cirene, 214 a.C. – 129 a.C.), que expuso el concepto del asesinato en defensa propia, mediante los dos náufragos y un único tablón salvavidas, o ‘el dilema del tranvía’ (diseñado por Philippa Ruth Foot (1920 – 2010) para plantear la elección entre salvar a un número mayor de personas, a costa de sacrificar a un número menor, o a un gordo, negro, etc.), a los que ya he hecho referencia en varias ocasiones.
Evidentemente, tras dos años de desgobierno, la población catalana tiene más argumentos racionales, para conocer quién y cómo es Salvador Illa, y los intereses que representa; pues, en campaña, todas las promesas son gratis, de unos y otros partidos. Y vemos que su imagen de un buen gestor, como vendió, basándose en trabajo en el ministerio de salud, en la época del covid, que, como sabemos, fue opaca, unilateral y centralista, entre otras características, se ha visto confrontada con las crisis en todos los servicios públicos: educación, sanidad, transporte, vivienda, seguridad, etc., y en los principales sectores: agricultura, ganadería, etc. Todos sabemos que ‘una cosa es predicar y otra dar trigo’
Y ahora vemos que su objetivo ha sido, y es, el de desnacionalizar las instituciones catalanas y, a tal fin, como virrey delegado de su rey, ha mostrado su más servil vasallaje al poder estatal, incumpliendo hasta los pactos de su investidura, con mil excusas, para no culpar a su jefe Pedro Sánchez y, claro, emulando su proceder antidemocrático, como el control policial de los independentistas, mediante todo tipo de infiltraciones en manifestaciones y asambleas, etc.
Ya vimos que Sánchez multiplicó el espionaje telefónico, incluso de los líderes con los que estaba pactando su investidura, y sigue manteniendo la ley de la ‘patada a la puerta’ del nefasto ministro de Felipe González, José Luis Corcuera (que había prometido revocar); o con la revisión de la ley del deporte 39/2022, que no fue más que una nueva vuelta de tuerca represiva, para salvaguardar y privilegiar a las selecciones españolas, etc.
Y todo ello nos lleva a la falta de confianza, que es un elemento fundamental de toda convivencia. La confianza requiere coherencia, autenticidad y empatía. Y sabemos que la confianza se construye con transparencia, comunicación honesta, evaluación de las acciones, etc.
Y todas esas características brillan por su ausencia en la gestión de Pedro Sánchez y en la de sus monaguillos Salvador Illa y Jaume Collboni, por citar sólo dos de ellos. Y cuando no hay confianza, no puede haber cooperación.
Y evidentemente, la confianza, en último extremo, debe contemplar a los otros, a los diferentes, es decir, ya seamos los independentistas, o los emigrantes, aunque su raza y su credo sean totalmente ajenos a los nuestros. Ahora bien, la confianza ha de ser mutua, no puede ser unilateral, y debe basarse en el respeto, de sus costumbres y de las nuestras, incluida la lengua que caracteriza nuestro país. De no ser así, no habrá confianza, sino, un sucedáneo, que no facilita la creación de una comunidad inclusiva.
Riki Robbins describió cuatro tipos de sociedades, en función del nivel de confianza: confianza perfecta, confianza dañada, confianza devastada y confianza restaurada; y la actual que tenemos está totalmente devastada.
Obviamente, no se trata de conseguir una comunidad basada en una identidad social uniforme, eso es inviable y desaconsejable, dada la diversidad de los orígenes étnicos, sociales y económicos de la ciudadanía catalana. Pero, me parece inexcusable el mínimo respeto por la historia de la comunidad acogedora, no por ser mejor, eso sería supremacismo, si no, por ser la propia de nuestros antepasados, y que deseamos transmitir a nuestros hijos y nietos. Y, a tal fin, la mejor muestra es la protección y preservación de nuestra lengua, como principal elemento característico. No es aceptable que, en base a las leyes de la globalización del más fuerte, aceptemos que la demografía acabe arrasando nuestra historia y nuestra cultura.
Es comprensible que las ideologías puedan ser diferentes: conservadoras, progresistas, anarquistas, etc., pero, a mi modo de ver, es imperdonable, e inaceptable, que hayan catalanes que asuman la represión, la infrafinanciación y, en definitiva, la desnacionalización de Catalunya, a sabiendas de con ello perjudican a toda nuestra sociedad (incluidos ellos mismos); y que lo hagan, básica y exclusivamente, para salvaguardar al estado represor y su ‘España, una grande y libre’, un estado falsificador de su propia historia para justificar el buenismo de su estado, que todavía no se la recuperado de su pasado imperial.
El ejemplo más claro lo tenemos con la lengua, como he dicho, pues muchos emigrantes, especialmente los sudamericanos y los del resto de las comunidades autonómicas españolas, y también los policías, jueces, y la mayor parte de los funcionarios españoles, que, al tener como lengua nativa el castellano, y mostrando su supremacismo y su comodidad, ni se esfuerzan por conocer nuestra lengua, el catalán.
Y sin ese mínimo esfuerzo, sin ese mínimo gesto de empatía, difícilmente habrá confianza, y la convivencia será de ínfima categoría; aunque Sánchez e Illa basen su discurso, exclusivamente, en la confianza y convivencia despreciando y reprimiendo a los independentistas; pues este enfoque no es racional, ni supera ninguno de los requisitos de los dilemas éticos y morales expuestos. Y, consecuentemente, la democracia, así, es solo una mera etiqueta, un calificativo sin valor real.
En definitiva, y repitiendo la cita de Hannah Arendt: ‘quienes eligen el mal menor, olvidan muy pronto que eligieron el mal’; y, desgraciadamente, en estas estamos.
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