Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona
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El presente escrito tenía pensado dedicarlo a nuestra manifestación independentista en la avenida Meridiana de Barcelona, por haber llegado, hoy, a la mítica cifra de 1714 días; pero, al coincidir con la bajada de Donald Trump de su monte Sinaí, en plan Moisés, con las tablas de sus nuevas leyes arancelarias, e implantar un nuevo día ‘D’ a nivel global, he decidido hacer un mix, buscando puntos en común entre ambos temas, que siempre los hay.
Trump, al día de hoy, le ha llamado: el ‘Día de la Liberación de los Estados Unidos’, y ha comentado:
‘Ahora es nuestro turno. Es uno de los días más i portantes de la historia de los Estados Unidos, pues la jornada de hoy marcará el inicio de una nueva ‘edad de oro’, porque los nuevos aranceles obligarán a las multinacionales a relocalizar la producción en los Estados Unidos. Será recordado siempre como ‘el día que renació la industria norteamericana.
Durante décadas, nuestro país ha sido saqueado, robado y violado por naciones de aquí y de allá, tanto por aliados como por enemigos. Los trabajadores de la industria del hierro norteamericana, nuestros trabajadores del sector del automóvil, nuestros granjeros han sufrido mucho.
Si queréis que los aranceles sean cero, os invito a producir en este país (…) poned fin a vuestros aranceles, derrumbad vuestras murallas comerciales y dejad de manipular vuestras divisas.
Es una declaración de independencia económica que permitirá recaudar miles de millones de dólares que, más allá de incentivar la producción industrial dentro de las fronteras norteamericanas, servirán también para reducir la deuda de los Estados Unidos y financiar las rebajas de impuestos que mi gobierno os ha prometido.
Durante años, nuestros incansables trabajadores americanos han tenido que ver entre bastidores cómo otros países van haciéndose ricos y poderosos, en gran parte a costa nuestra. Pero ahora es nuestro turno (…)’.
Efectivamente, lo que ha hecho el prepotente Trump, es apretar el botón nuclear comercial. Y siempre se ha comentado que, llegado el momento de una guerra nuclear, no habría vencedores, todos serían vencidos.
Y me parece que una situación similar será la derivada de la ‘liberación de los EU’ pues, al pulsar el botón nuclear comercial, todos sufriremos las repercusiones finales que tiene el ‘Make America Wealthy Again’; ya que nadie se beneficiará de ese nuevo sistema, ni ellos mismos.
Pero, como dijo Johann Wolfgang Goethe (1749 – 1832): ’todo tiene un principio y un final’, así que es aconsejable relativizar la situación, sin dramatizarla, pues todo lo que empieza se termina.
Winston Leonard Spencer-Churchill (1874 – 1965), a su vez, tras una serie de derrotas, desde Dunkerque hasta Singapur, finalmente pudo decirle a la Cámara de los Comunes:
‘Tenemos una nueva experiencia. Tenemos una victoria, una victoria notable y definitiva.
Alexander y Montgomery hicieron retroceder a las fuerzas de Rommel en El Alamein, ganando así lo que Churchill llamó ‘la Batalla de Egipto’. Nunca he prometido nada más que sangre, lágrimas, esfuerzo y sudor. Ahora, sin embargo, el brillante resplandor ha iluminado los cascos de nuestros soldados y ha reconfortado y alegrado nuestros corazones.
El difunto M. Venizelos observó que, en todas sus guerras, Inglaterra -debería haber dicho Gran Bretaña, por supuesto- siempre gana una batalla: la última. Parece haber comenzado bastante antes esta vez. El general Alexander, con su brillante camarada y teniente general Montgomery, ha obtenido una gloriosa y decisiva victoria en lo que creo que debería llamarse la batalla de Egipto. El ejército de Rommel ha sido derrotado. Ha sido aplastado. Ha sido prácticamente destruido como fuerza de combate. Esta batalla no se libró para ganar posiciones ni kilómetros cuadrados de territorio desértico. Los generales Alexander y Montgomery la libraron con una sola idea: destruir la fuerza armada del enemigo y destruirla en el lugar donde el desastre sería más devastador e irreparable…
Ahora bien, este no es el final. Ni siquiera es el principio del final. Pero es, quizás, el final del principio.’
(10 de noviembre de 1942)
Y es verdad, ‘todo final es un comienzo’, y ‘cada nuevo comienzo viene del final de algún otro comienzo’, ‘el final solo es el comienzo de algo nuevo’, ‘todos los finales son abiertos, aunque sean repentinos’, pues ‘viviremos numerosos principios y finales’.
Y la ‘liberación’ de los EU, además de ser el final de la globalización (y de sus mediocres parlanchines defensores), será el renacer de una nueva UE, y de un nuevo mundo, en general.
Por eso, haciendo una traslación, podemos utilizar metafóricamente este cambio de era, para repensar nuestro movimiento independentista, ya que, una vez llegados a la manifestación número 1714 (el año de nuestra derrota ante los Borbones de Felipe V), deberíamos tomarlo como ‘el final del principio’ (citando a Churchill) en nuestro viaje ‘del tren de la bruja’ que vivimos, especialmente, tras el referéndum del 1 de octubre del 2017.
De acuerdo con la interpretación dada por la numerología, el número 1714, es ‘el número del ángel’, de la buena espera y de la buena fortuna, que ‘solo requiere mantener una actitud humilde de perseverancia’. Asimismo, el planeta Urano tiene un periodo de rotación sideral que dura, precisamente, 17 horas, 14 minutos y 24 segundos; pero, claro, ese referente tan lejano, además de la gracia que nos puede hacer, no nos aporta nada en especial. Pero me parece interesante tomarlo como referencia para no idolatrar las fechas ni los números.
Aristóteles (384 a. C. – 322 a. C.) dijo que ‘no todo término merece el nombre de fin, sino tan sólo el que es óptimo’, y sabemos que el momento actual está muy alejado de ese óptimo, ya que, precisamente, está en las antípodas.
Asimismo, Albert Einstein (1879 – 1955) dijo que ‘la imaginación es más importante que el conocimiento (…) No puedo creer que Dios juegue a los dados con el universo’ (…) ‘La vida es como andar en bicicleta, para mantener el equilibrio debes seguir moviéndote’ (…) ‘todo debe ser hecho tan simple como sea posible, pero no más simple’.
Santiago Espot, en su artículo titulado ‘El catalán como problema psicológico’, apuntó que:
‘(…) Siglos de persecución contra una lengua crean una situación psicológica difícil en el hablante de la lengua perseguida (…) todas las campañas que se han hecho para promocionar la lengua catalana han tenido un aire beatífico para caer bien, (…) pero la amabilidad hay que dejarla de lado (…) es preciso ser duros y sin miramientos. Recordemos a los flamencos. Un buen día, viendo la agonía del neerlandés en su tierra, dejaron de entender el francés’ (…) Salvar una lengua significa ser antipático. No por vocación, sino por obligación (…)’
(elmon.cat, del pasado 1 de abril)
Y estoy convencido que esta es la actitud apropiada y adecuada; llegados al momento actual, si queremos afrontarlo como un nuevo principio, no hay otra, como se expresa en la siguiente canción de Joe Crepúsculo (Joël Iriarte Parra), editada en 2022:
El tren de la bruja
Vivo en la feria todo el día
y la dicha de otros paga mi comida
y de tanta alegría tengo triste la vida.
En el túnel del remordimiento
hay fantasmas que ya no dan miedo
y al final del día voy to’ pedo.
Atravieso la feria como una lanza
un demonio entre las luces que nunca se apaga.
Y hoy me levando con los anillos puestos
persiguiendo cosas que no puedo
es el tren de la bruja de los sentimientos.
Y a las brujas no hay que tenerles miedo
hay que tener miedo al miedo
la escoba sirve para barrer los sueños.
Y hoy me levanto con los anillos puestos
persiguiendo cosas que no puedo
es el tren de la bruja de los sentimientos.
Y a las brujas no hay que tenerles miedo
hay que tener miedo a tener miedo
la escoba sirve para barrer los sueños.
En definitiva, que es preciso reconocer los finales de etapa, y el principio de una nueva, sin perder nuestros ideales, nuestros sueños; y en este momento, es necesario renovarnos: ser antipáticos con el poder y cambiar, para que la confrontación sea eso, no un mero simbolismo. Deberíamos ser racionalmente pragmáticos. No hay otra.
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